Me detengo en la puerta de su cuarto y lo veo recostado en el colchón viejo. Tiene un libro en sus manos de tapa amarrilla. No alcanzo a ver el título. Advierte mi presencia pero sigue leyendo. Habla poco. Es medio raro. Algunos días apenas me saluda con un gesto.
Le cierro la puerta y me voy a mi cuarto. Intento dormir un poco, pero siento ruidos en la entrada y el bebe empieza a llorar. Mi hermana grita. Me cago de odio. Me levanto de un salto, salgo de la pieza y bajo las escaleras. Lo veo al pendejo de mi cuñado apoyado en la pared a punto de caerse. La putea a mi hermana, se babea, se seca con el cuello de la camisa. Le calló la boca de una piña y lo llevo a unos de los cuartos en desuso. Ahí lo meto junto a los cartones, cables y hierros oxidado. Tranco la puerta. Callate la boca, borracho de mierda, que esta noche tengo que trabajar, le digo. Mi hermana quiere sacarlo pero de los pelos la llevo hasta donde está el pendejo para que se haga cargo.
- Hijo de puta- dice.
Levantó mi mano y cierro el puño, pero me detengo.
- Dejame en paz. Tengo que descansar. Vos, el pendejo y ese borracho viven de lo que hago. Andate para allá.
Subo de nuevo a la pieza e intentó dormir pero no puedo. Se me pasó el sueño. Voy hasta el cuarto del Mudo y le pido prestado un libro. Ese del apellido raro, que trata de dos asesinos que violan y matan a un hombre le digo. Me pasa un libro negro con el nombre del autor en la tapa que no puedo pronunciar.
Cerca de las diez de la noche mi hermana toca mi puerta. Me pide si lo puede sacar al pendejo de su marido, que ya esta bien. Hace lo que quieras, digo. Me cambio. En estas ocasiones me pongo la misma ropa. Un jeans gastado y el pulóver tejido.
El Mudo entra a la pieza y abre el ropero. Del cajón de arriba saca la caja de herramientas y las armas. Se fija que tengan balas y que estén con seguro. Después bajamos a comer algo. Para pasar el tiempo compramos unas seis cervezas y tomamos en frente de mi cuñado, viendo tele.
Cuando ya todos están durmiendo, le preguntó al Mudo si vamos a ir a la casa que le dije.
- No, contesta.
- ¿Por qué no?
- Muy cerca
- ¿Y qué tiene?
Mira la tele y toma un poco más de cerveza.
- Habla maldito loco, ¿por qué no?.
- Es cerca y hay gente.
- En todas las casas hay gente.
- Son viejos chotos.
- Mudo de mierda, siempre elegís vos los lugares. La última vez no sacamos una mierda.
- Pero nadie nos vio.
Me levantó y lo puteo. Le saco el envase y me siento en el sillón viejo. Él siempre decide todo. Se cree tan inteligente porque lee esos libros, o porque según él estudio. Yo lo conocí en un calabozo. Le salvé el culo. No se podía ni defender. Tuve que voltear a un grandote de un cabezazo y quebrar una mandíbula. Y ahora él elige las casas, la hora, la estrategia. Mudo de mierda, a veces me dan ganas de matarlo. Yo le enseñé todo.
El Mudo se levanta y acomoda las cosas. Mete las herramientas en la mochila, del refrigerador saca una bolsa blanca y guarda las armas. Me mira y con la cabeza me hace una seña. Medio borracho y sin ganas me levanto. Busco mi pulóver, el bolso y salgo detrás de él. Mi hermana, el borracho y el bebe duermen.
El Mudo conduce. Viajamos en silencio por las calles vacías y oscuras. Pasamos el Suquía y en la primera cuadra doblamos. Vemos a un viejo con las manos en los bolsillos esperando el colectivo. Ingresamos al barrio. Vamos directo a la casa que le dije. Dejamos el auto a la vuelta y seguimos a píe. Vemos los jardines amplios y cuidados de todas las entradas, como compitiendo entre unas y otras. Las calles están limpias y las veredas llenas de árboles. Un perro empieza a ladrar y pega su hocico a uno de los portones. Shh amigo, le digo al animal.
La casa ocupa toda una esquina. El Mudo me dice que vamos a entrar por uno de los costados. Lo ayudo a treparse a la tapia. Los perros de la casa se vienen al humo. Le paso la mochila. Saca la bolsa blanca y le tira los pedazos de carne. Baja y se sienta a mi lado. Esperamos un rato, después entramos.
Esta lleno de plantas y flores. El jardín ocupa como quince metros de ancho y más de treinta de largo. Se respira un olor rico, tal vez de las plantas pero no estoy seguro. Veo el quincho cerrado y con aires acondicionados. Atrás está la pileta. Se ve que estos hijos de putas viven bien.
Lo primero que hace el Mudo es buscar los cables de la alarma y del teléfono. Se da cuenta que la alarma esta desconectada, entonces vamos a trabajar en la puerta de atrás. Alumbro con la linterna, el Mudo, con un destornillador y una pinza la abre.
Pasamos la cocina y empiezo a fijarme en las cosas de valor. En el living guardo objetos pequeños en mis bolsillos. El Mudo pasa para una de las piezas donde hay un escritorio y parece ser la oficina del dueño de casa. Hay una computadora portátil. La desenchufa, la cierra y me la pasa. La guardo en el bolso. Empieza a revisar los cajones. Vuelvo al living y veo las fotos colgadas de la pared.
En un portarretrato con bordes de plata veo al dueño de casa, parece ser un tipo de unos cincuenta años, de figura atlética. Esta en el medio de un grupo de personas que parecen ser sus empleados. Todos sonriendo con cara de estupidos. Como si estuvieran contentos de ser esclavos de ese hijo de puta. Cada vez tengo más bronca. Ahora lo veo frente a un auditorio colmado de gente que lo aplaude. Tan importante se debe sentir, con sus trajes caros y esos empleados lame ortos. Con el dedo índice le presiono la cabeza. Me gustaría reventártela de un disparo, digo. Miró la mesa donde hay más fotos. Voy para allá.
Un recuadro cae. Se rompe el vidrio. Siento el ruido retumbar en el silencio de la casa. Me agacho y me escondo entre las patas de la mesa. Mi corazón se empieza a acelerar. Buscó el arma en el bolso pero no la encuentro. Miro hacia todos lados. Tengo calor. Comienzo a transpirar. Quiero sacarme el pulóver. El Mudo está agachado en la puerta. Me hace seña para que me calme y guarde silencio. Permanecemos atentos. El tic tac del reloj de pared parece sonar cada vez más fuerte. El tiempo pasa, nadie viene. El Mudo se acerca y me susurra que siga metiendo cosas al bolso. Vuelve al cuarto. Parece que encontró guita, o por lo menos eso entiendo con la seña que me hace. Me pongo de pie y guardo un adorno que parece ser de cristal y otras cosas que no se ni que son, pero parecen que tienen mucho valor. Voy por una puerta lateral y entro en una sala donde veo un tele de plasma rodeado de un equipo de audio y un dvd. Desenchufo los aparatos y guardo el dvd en el bolso.
En la sala hay unos sillones inmensos y un par de puff a los costados. Pienso en la maldita comodidad de estos ricos.
Vuelvo en busca del Mudo para preguntarle si llevamos por lo menos el cuerpo del centro musical. Pasó por el living y siento el ruido del interruptor de la luz. Lo primero que hago es palpar mi cintura para agarrar el arma, pero no la tengo, nunca la saqué del bolso.
- Quedate quieto mierda- dice.
Me doy vuelta y lo veo al viejo de las fotos apuntadome con un rifle de caza que tiene dos caños. Lo apoya contra su hombro y lo sostiene firme. Levanto las manos. Veo como viene hacía mi. A un par de pasos de distancia le saca el seguro al arma.
- No me haga nada jefe. Tengo familia, hijos, por favor jefe.
- Quieto, te dije. Mirna habla a la policía- dice con vos gruesa mirando para atrás y los segundos que pasan se vuelven eternos.
El disparo le revienta el pecho. Se escucha un grito desde la pieza. El viejo cae y en un segundo la remera blanca se mancha de sangre. El mudo entra al living, se ubica arriba del dueño de casa y le perfora la cabeza. Mirna vuelve a gritar. El Mudo corre para la pieza, esquiva un par de sillas, patea la puerta, con el arma en alto y sin seguro, pasa un pasillo lleno de espejo, hasta llegar a la pieza, yo lo sigo.
La mujer está llorando a un costado de la cama. Tiene un celular en sus manos. El Mudo se lo saca y la quema de dos balazos. La ve caer al suelo y camina hacía la puerta.
Por el pasillo escuchamos un ruido, viene de una pieza cercana. La buscamos. Entramos. Hay un chico de no más de dieciocho años que abraza a una nena. Intenta calmarla. Cuando nos ve entrar se para y nos enfrenta.
No le hagan nada, dice con la voz afónica. El Mudo apunta. Apoya el caño en la frente, le pide que baje la vista, que mire al suelo. Pienso que el Mudo enloqueció pero no dispara, se le queda mirando hasta que me dice que vamos.
Corro hasta una de las salas donde estaba el bolso, lo cierro y salgo para el jardín. Esquivamos a los perros tirados en el suelo, salimos por donde entramos. Llevamos lo robado a media. Caminamos rápido hasta llegar al auto. Guardamos las cosas y salimos. A los lejos sentimos una sirena. Veo a una señora observando por la ventana de una de las casas. Me agacho. Dale boludo, digo. Pone primera y salimos a toda velocidad. Dejamos el barrio lujoso y nos vamos para nuestra zona.
Volvemos en silencio. Lo observo al Mudo, espero que me diga algo. Pero se queda callado. A cada rato miro para atrás. Volvemos a sentir la maldita sirena y mis manos no se pueden quedar quietas. Traspiro y me hundo en el asiento.
Al llegar, me bajo y abro el portón. Guardamos el auto y bajamos las cosas.
Desde una de las ventanas de la casa vemos la calle. Una camioneta de la policía pasa a toda velocidad. Camino hacia atrás y me siento en uno de los sillones. El Mudo sigue pegado a la ventana. Lo llamo y le pregunto:
- ¿Por qué no mataste al pendejo?-
martes, 2 de junio de 2009
martes, 26 de mayo de 2009
Fulbazo de KIKE BOGNI
Nos ponemoslos cortos, las medias y vamos a la presentación de los dos primeros cuentos.
Estan todos invitados
martes, 28 de abril de 2009
Vendo libros
Vendo libros de esta antología a solo 40 pesos. Re barato, compre, compre amigo.
¿Qué pasa que no vendo?
miércoles, 17 de diciembre de 2008
lunes, 8 de diciembre de 2008
Cuando fue que nos volvimos así

Primera parte
Los gritos despertaron a Gaspar, el más chico de nuestros hijos. Brenda lo alzó en brazos y lo llevó a la pieza. Terminé de secar los platos y dejé el repasador tirado arriba de la mesa. Puse los cerrojos a la puerta y la trabé con la mesa y el sillón.
Entré al dormitorio y me saqué los zapatos, la camisa y el pantalón. Dejé las prendas arriba de una silla. Me recosté y cerré los ojos. Todavía me dolía la espalda pero no tenía ganas de buscar una aspirina. Al rato apareció Brenda. Se desvistió junto al ropero. Se sacó el jeans y ví cómo todavía sus muslos se mantenían firmes. De uno de los cajones tomó una crema, la apretó y salió un poco que se lo frotó en las piernas y los brazos. Se puso la misma remera con la que dormía todas las noches y se acostó dándome la espalda. Sentí su cuerpo tibio y suave. Estiré mi mano para acariciar su cadera pero ella la quitó. Quiero dormir, dijo. No insistí, me di vuelta y pensé cuándo fue que nos volvimos así.
Nos levantamos cerca de las diez, antes de que sonara el despertador. Estábamos invitados a comer a lo de mis padres. Brenda fue hasta la cocina y preparó el desayuno. Calentó leche, cortó rodajas de pan y las puso en una fuente al horno. Cuando todo estaba listo llamó a los chicos. Gaspar apareció con todos los pelos parados y se sentó en la mesa. Envolvió la taza con sus manos para darse calor. Juan, el mayor de nuestros hijos, no podía quitarse el sueño y bostezaba a cada rato. Antes de sentarse se frotó los ojos con sus puños. Unté tostadas con mermeladas para Gaspar, y con manteca para Juan.
Mientras desayunábamos, los chicos empezaron con las preguntas interminables. Sus miles de ¿por qué esto?, ¿por qué lo otro?. Brenda, con paciencia, contestó cada una de las dudas. Respondió las que sabía, inventó las que desconocía. Fue encantadora como solía ser.
Cerca del mediodía empezamos a prepararnos. Buscamos las camperas de los chicos, les pusimos los puloveres nuevos y las zapatillas de salir que le regalaron sus abuelos. Lavé sus caras, dientes y los peiné, aunque se quejaron de que les dolía cuando intentaba darle una forma más presentable a sus rulos.
Brenda volvió a la cocina. Levantó las tazas y pasó una rejilla sobre la mesa. Fue hasta la pileta, desde ahí me llamó. Me acerqué desde atrás y apoyé mi cuerpo sobre el suyo. La besé en la mejilla y ella sonrió. Siguió lavando y me pidió que me ubicara a un costado.
- No voy-dijo, y siguió con la esponja llena de espuma.
- ¿Qué?
- No tengo ganas. Andá con los chicos. Me quedo.
- ¿Qué tenes que hacer?
- Nada. Qué ahora no puedo quedarme un día en mi casa.
- Estas siempre acá.
Tuve ganas de mandarla a la mierda. De romperle la maldita taza en la cara, pero no hice nada de eso. Solo me alejé. La miré con los ojos resignados. No quería discutir otra vez. Además era tarde y Gaspar me esperaba en la puerta. Ella nos acompañó hasta la vereda y les dio besos y abrazos a los chicos.
Segunda parte
En la parada de colectivo, Juan me pregunto por qué su Mama no venía. Se siente mal, pero no es nada, le dije y le arreglé el cuello de la campera.
Como nunca, el colectivo pasó a los cinco minutos. Los chicos extendieron sus pequeños brazos para que el coche se detuviera. Subimos. Le di un cospel al conductor. Nos sentamos en un asiento doble. Gaspar iba en mi falda y Juan al lado nuestro. En el recorrido el colectivo se llenó. Una señora de unos cincuenta años subió y caminó de un lado a otro buscando un lugar vacío. Fue hasta donde estábamos nosotros y preguntó:
- ¿El chico paga?
- Disculpe.
- ¿Tiene boleto el chico?
- No.
- Súbalo a su falda entonces, que me quiero sentar.
- No ve que ya tengo un chico en la falda.
- Ese es su problema.
- Señora- se escuchó una voz de fondo- siéntese acá. Ya me bajo.
La señora fue para el fondo y la joven le dio el asiento.
- Gracias- dije, mirando a la chica.
- Que vieja chota-me susurró.
- ¿Qué dijo papá?
- Que la señora esta chocha.
Juan se sentó de nuevo. Miré hacía atrás. Nuestras miradas se cruzaron y echamos a reír.
Mis padres nos esperaban con la comida lista. Mi madre, al verme entrar solo, agachó la cabeza y siguió poniendo la mesa. No pidió explicaciones, lo había echo ya varias veces.
Almorzamos milanesas con puré. Mamá se encargó de cortarle en trozos la carne a Gaspar y servirle jugo. Yo estaba callado. Me preguntaron por el trabajo pero contesté otra cosa. Me serví un vaso de vino y pregunté dónde estaba el diario. Quería leer los clasificados.
De postre, los chicos comieron chocolates y se ensuciaron las manos y la cara. Papá los limpió con una servilleta de papel y le dio un beso en la frente a cada uno. Me fui al sillón y me senté. Abrí los clasificados para ver qué había: Contadores, Ingenieros, Abogados, Farmacéuticos, Abogados, Vendedores y más vendedores. Nada, como siempre.
A eso de las tres de la tarde mis padres se fueron con Juan y Gaspar al shopping. Antes de salir le dije a los chicos que se portaran bien y que le hagan caso a sus abuelos.
Prendí la tele del living. No podía dejar de pensar en Brenda. Decidí llamarla. El teléfono sonaba pero nadie atendió. Intenté dos veces más. Cuando iba a llamarla al celular, del otro lado del tubo Brenda dijo hola con la voz entrecortada. ¿Qué te pasa?, pregunté. Y ella echó a llorar. Dijo lo que dice siempre en estas ocasiones. Tragué saliva y la escuché. Antes de despedirme dije que la amaba. También tenía ganas de llorar pero aguanté. Fui hasta mí antigua pieza y ví mi título colgado en la pared. Me detuve en los detalles, en la firma del Rector, del Decano, los bordes. Después cerré las persianas, me acosté e intenté dormir. Necesitaba descansar de todo lo que nos pesaba.
A eso de las siete de la tarde volvieron. Gaspar y Juan entraron corriendo con sus manos llenas de juguetes y golosinas. Me mostraron todo lo que sus abuelos le habían regalado. Me contaron lo que hicieron, a los juegos que subieron: el pelotero, los autitos chocadores. Entonces Gaspar me mostró su codo raspado y yo acerqué mi boca, soplé y le dije que pronto le dejaría de doler.
Mamá preparó la leche y llamó a los chicos a la cocina. Se pusieron a ver televisión junto a su abuelo. Juan le explicaba por qué el Power Ranger rojo era el más poderoso y papá lo escuchaba con atención. Al terminar sus vasos de leche, mamá le regaló más chocolates. Para que dure toda la semana, dijo.
Ya de noche, mi padre nos trajo a casa en el auto. Gaspar y Juan venían en el asiento de de atrás, recostados, con cara de sueño. En el camino hablamos de tenis y de fútbol. Después mi padre mencionó el barrio.
- Deberías buscar algo cerca de casa- dijo.
- Ya hablamos de esto, y sabes que no podemos.
- Nosotros te podemos ayudar, como lo hacemos con tu hermano.
- Con lo que me ayudan esta bien.
Llegamos. La luz del living estaba prendida. Una cortina se corrió y apareció el rostro de Brenda. Mi padre no quiso bajar a saludarla, se despidió de sus nietos con un beso y me saludó con un abrazo. Bajé del auto. Cuando entraba a casa escuche la bocina. Bajó el vidrio y con su mano me llamó. Me ubiqué al lado de la ventana y me agaché para que pudiera ver mi rostro. El extendió su mano y me puso trescientos pesos en el bolsillo de la campera.
Para los chicos, dijo y se fue.-
En la parada de colectivo, Juan me pregunto por qué su Mama no venía. Se siente mal, pero no es nada, le dije y le arreglé el cuello de la campera.
Como nunca, el colectivo pasó a los cinco minutos. Los chicos extendieron sus pequeños brazos para que el coche se detuviera. Subimos. Le di un cospel al conductor. Nos sentamos en un asiento doble. Gaspar iba en mi falda y Juan al lado nuestro. En el recorrido el colectivo se llenó. Una señora de unos cincuenta años subió y caminó de un lado a otro buscando un lugar vacío. Fue hasta donde estábamos nosotros y preguntó:
- ¿El chico paga?
- Disculpe.
- ¿Tiene boleto el chico?
- No.
- Súbalo a su falda entonces, que me quiero sentar.
- No ve que ya tengo un chico en la falda.
- Ese es su problema.
- Señora- se escuchó una voz de fondo- siéntese acá. Ya me bajo.
La señora fue para el fondo y la joven le dio el asiento.
- Gracias- dije, mirando a la chica.
- Que vieja chota-me susurró.
- ¿Qué dijo papá?
- Que la señora esta chocha.
Juan se sentó de nuevo. Miré hacía atrás. Nuestras miradas se cruzaron y echamos a reír.
Mis padres nos esperaban con la comida lista. Mi madre, al verme entrar solo, agachó la cabeza y siguió poniendo la mesa. No pidió explicaciones, lo había echo ya varias veces.
Almorzamos milanesas con puré. Mamá se encargó de cortarle en trozos la carne a Gaspar y servirle jugo. Yo estaba callado. Me preguntaron por el trabajo pero contesté otra cosa. Me serví un vaso de vino y pregunté dónde estaba el diario. Quería leer los clasificados.
De postre, los chicos comieron chocolates y se ensuciaron las manos y la cara. Papá los limpió con una servilleta de papel y le dio un beso en la frente a cada uno. Me fui al sillón y me senté. Abrí los clasificados para ver qué había: Contadores, Ingenieros, Abogados, Farmacéuticos, Abogados, Vendedores y más vendedores. Nada, como siempre.
A eso de las tres de la tarde mis padres se fueron con Juan y Gaspar al shopping. Antes de salir le dije a los chicos que se portaran bien y que le hagan caso a sus abuelos.
Prendí la tele del living. No podía dejar de pensar en Brenda. Decidí llamarla. El teléfono sonaba pero nadie atendió. Intenté dos veces más. Cuando iba a llamarla al celular, del otro lado del tubo Brenda dijo hola con la voz entrecortada. ¿Qué te pasa?, pregunté. Y ella echó a llorar. Dijo lo que dice siempre en estas ocasiones. Tragué saliva y la escuché. Antes de despedirme dije que la amaba. También tenía ganas de llorar pero aguanté. Fui hasta mí antigua pieza y ví mi título colgado en la pared. Me detuve en los detalles, en la firma del Rector, del Decano, los bordes. Después cerré las persianas, me acosté e intenté dormir. Necesitaba descansar de todo lo que nos pesaba.
A eso de las siete de la tarde volvieron. Gaspar y Juan entraron corriendo con sus manos llenas de juguetes y golosinas. Me mostraron todo lo que sus abuelos le habían regalado. Me contaron lo que hicieron, a los juegos que subieron: el pelotero, los autitos chocadores. Entonces Gaspar me mostró su codo raspado y yo acerqué mi boca, soplé y le dije que pronto le dejaría de doler.
Mamá preparó la leche y llamó a los chicos a la cocina. Se pusieron a ver televisión junto a su abuelo. Juan le explicaba por qué el Power Ranger rojo era el más poderoso y papá lo escuchaba con atención. Al terminar sus vasos de leche, mamá le regaló más chocolates. Para que dure toda la semana, dijo.
Ya de noche, mi padre nos trajo a casa en el auto. Gaspar y Juan venían en el asiento de de atrás, recostados, con cara de sueño. En el camino hablamos de tenis y de fútbol. Después mi padre mencionó el barrio.
- Deberías buscar algo cerca de casa- dijo.
- Ya hablamos de esto, y sabes que no podemos.
- Nosotros te podemos ayudar, como lo hacemos con tu hermano.
- Con lo que me ayudan esta bien.
Llegamos. La luz del living estaba prendida. Una cortina se corrió y apareció el rostro de Brenda. Mi padre no quiso bajar a saludarla, se despidió de sus nietos con un beso y me saludó con un abrazo. Bajé del auto. Cuando entraba a casa escuche la bocina. Bajó el vidrio y con su mano me llamó. Me ubiqué al lado de la ventana y me agaché para que pudiera ver mi rostro. El extendió su mano y me puso trescientos pesos en el bolsillo de la campera.
Para los chicos, dijo y se fue.-
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