martes, 2 de junio de 2009

A la deriva (cuentos olvidados)

Me detengo en la puerta de su cuarto y lo veo recostado en el colchón viejo. Tiene un libro en sus manos de tapa amarrilla. No alcanzo a ver el título. Advierte mi presencia pero sigue leyendo. Habla poco. Es medio raro. Algunos días apenas me saluda con un gesto.

Le cierro la puerta y me voy a mi cuarto. Intento dormir un poco, pero siento ruidos en la entrada y el bebe empieza a llorar. Mi hermana grita. Me cago de odio. Me levanto de un salto, salgo de la pieza y bajo las escaleras. Lo veo al pendejo de mi cuñado apoyado en la pared a punto de caerse. La putea a mi hermana, se babea, se seca con el cuello de la camisa. Le calló la boca de una piña y lo llevo a unos de los cuartos en desuso. Ahí lo meto junto a los cartones, cables y hierros oxidado. Tranco la puerta. Callate la boca, borracho de mierda, que esta noche tengo que trabajar, le digo. Mi hermana quiere sacarlo pero de los pelos la llevo hasta donde está el pendejo para que se haga cargo.

- Hijo de puta- dice.
Levantó mi mano y cierro el puño, pero me detengo.
- Dejame en paz. Tengo que descansar. Vos, el pendejo y ese borracho viven de lo que hago. Andate para allá.

Subo de nuevo a la pieza e intentó dormir pero no puedo. Se me pasó el sueño. Voy hasta el cuarto del Mudo y le pido prestado un libro. Ese del apellido raro, que trata de dos asesinos que violan y matan a un hombre le digo. Me pasa un libro negro con el nombre del autor en la tapa que no puedo pronunciar.

Cerca de las diez de la noche mi hermana toca mi puerta. Me pide si lo puede sacar al pendejo de su marido, que ya esta bien. Hace lo que quieras, digo. Me cambio. En estas ocasiones me pongo la misma ropa. Un jeans gastado y el pulóver tejido.

El Mudo entra a la pieza y abre el ropero. Del cajón de arriba saca la caja de herramientas y las armas. Se fija que tengan balas y que estén con seguro. Después bajamos a comer algo. Para pasar el tiempo compramos unas seis cervezas y tomamos en frente de mi cuñado, viendo tele.

Cuando ya todos están durmiendo, le preguntó al Mudo si vamos a ir a la casa que le dije.
- No, contesta.
- ¿Por qué no?
- Muy cerca
- ¿Y qué tiene?
Mira la tele y toma un poco más de cerveza.
- Habla maldito loco, ¿por qué no?.
- Es cerca y hay gente.
- En todas las casas hay gente.
- Son viejos chotos.
- Mudo de mierda, siempre elegís vos los lugares. La última vez no sacamos una mierda.
- Pero nadie nos vio.
Me levantó y lo puteo. Le saco el envase y me siento en el sillón viejo. Él siempre decide todo. Se cree tan inteligente porque lee esos libros, o porque según él estudio. Yo lo conocí en un calabozo. Le salvé el culo. No se podía ni defender. Tuve que voltear a un grandote de un cabezazo y quebrar una mandíbula. Y ahora él elige las casas, la hora, la estrategia. Mudo de mierda, a veces me dan ganas de matarlo. Yo le enseñé todo.

El Mudo se levanta y acomoda las cosas. Mete las herramientas en la mochila, del refrigerador saca una bolsa blanca y guarda las armas. Me mira y con la cabeza me hace una seña. Medio borracho y sin ganas me levanto. Busco mi pulóver, el bolso y salgo detrás de él. Mi hermana, el borracho y el bebe duermen.

El Mudo conduce. Viajamos en silencio por las calles vacías y oscuras. Pasamos el Suquía y en la primera cuadra doblamos. Vemos a un viejo con las manos en los bolsillos esperando el colectivo. Ingresamos al barrio. Vamos directo a la casa que le dije. Dejamos el auto a la vuelta y seguimos a píe. Vemos los jardines amplios y cuidados de todas las entradas, como compitiendo entre unas y otras. Las calles están limpias y las veredas llenas de árboles. Un perro empieza a ladrar y pega su hocico a uno de los portones. Shh amigo, le digo al animal.

La casa ocupa toda una esquina. El Mudo me dice que vamos a entrar por uno de los costados. Lo ayudo a treparse a la tapia. Los perros de la casa se vienen al humo. Le paso la mochila. Saca la bolsa blanca y le tira los pedazos de carne. Baja y se sienta a mi lado. Esperamos un rato, después entramos.

Esta lleno de plantas y flores. El jardín ocupa como quince metros de ancho y más de treinta de largo. Se respira un olor rico, tal vez de las plantas pero no estoy seguro. Veo el quincho cerrado y con aires acondicionados. Atrás está la pileta. Se ve que estos hijos de putas viven bien.
Lo primero que hace el Mudo es buscar los cables de la alarma y del teléfono. Se da cuenta que la alarma esta desconectada, entonces vamos a trabajar en la puerta de atrás. Alumbro con la linterna, el Mudo, con un destornillador y una pinza la abre.
Pasamos la cocina y empiezo a fijarme en las cosas de valor. En el living guardo objetos pequeños en mis bolsillos. El Mudo pasa para una de las piezas donde hay un escritorio y parece ser la oficina del dueño de casa. Hay una computadora portátil. La desenchufa, la cierra y me la pasa. La guardo en el bolso. Empieza a revisar los cajones. Vuelvo al living y veo las fotos colgadas de la pared.
En un portarretrato con bordes de plata veo al dueño de casa, parece ser un tipo de unos cincuenta años, de figura atlética. Esta en el medio de un grupo de personas que parecen ser sus empleados. Todos sonriendo con cara de estupidos. Como si estuvieran contentos de ser esclavos de ese hijo de puta. Cada vez tengo más bronca. Ahora lo veo frente a un auditorio colmado de gente que lo aplaude. Tan importante se debe sentir, con sus trajes caros y esos empleados lame ortos. Con el dedo índice le presiono la cabeza. Me gustaría reventártela de un disparo, digo. Miró la mesa donde hay más fotos. Voy para allá.
Un recuadro cae. Se rompe el vidrio. Siento el ruido retumbar en el silencio de la casa. Me agacho y me escondo entre las patas de la mesa. Mi corazón se empieza a acelerar. Buscó el arma en el bolso pero no la encuentro. Miro hacia todos lados. Tengo calor. Comienzo a transpirar. Quiero sacarme el pulóver. El Mudo está agachado en la puerta. Me hace seña para que me calme y guarde silencio. Permanecemos atentos. El tic tac del reloj de pared parece sonar cada vez más fuerte. El tiempo pasa, nadie viene. El Mudo se acerca y me susurra que siga metiendo cosas al bolso. Vuelve al cuarto. Parece que encontró guita, o por lo menos eso entiendo con la seña que me hace. Me pongo de pie y guardo un adorno que parece ser de cristal y otras cosas que no se ni que son, pero parecen que tienen mucho valor. Voy por una puerta lateral y entro en una sala donde veo un tele de plasma rodeado de un equipo de audio y un dvd. Desenchufo los aparatos y guardo el dvd en el bolso.
En la sala hay unos sillones inmensos y un par de puff a los costados. Pienso en la maldita comodidad de estos ricos.
Vuelvo en busca del Mudo para preguntarle si llevamos por lo menos el cuerpo del centro musical. Pasó por el living y siento el ruido del interruptor de la luz. Lo primero que hago es palpar mi cintura para agarrar el arma, pero no la tengo, nunca la saqué del bolso.
- Quedate quieto mierda- dice.
Me doy vuelta y lo veo al viejo de las fotos apuntadome con un rifle de caza que tiene dos caños. Lo apoya contra su hombro y lo sostiene firme. Levanto las manos. Veo como viene hacía mi. A un par de pasos de distancia le saca el seguro al arma.
- No me haga nada jefe. Tengo familia, hijos, por favor jefe.
- Quieto, te dije. Mirna habla a la policía- dice con vos gruesa mirando para atrás y los segundos que pasan se vuelven eternos.

El disparo le revienta el pecho. Se escucha un grito desde la pieza. El viejo cae y en un segundo la remera blanca se mancha de sangre. El mudo entra al living, se ubica arriba del dueño de casa y le perfora la cabeza. Mirna vuelve a gritar. El Mudo corre para la pieza, esquiva un par de sillas, patea la puerta, con el arma en alto y sin seguro, pasa un pasillo lleno de espejo, hasta llegar a la pieza, yo lo sigo.
La mujer está llorando a un costado de la cama. Tiene un celular en sus manos. El Mudo se lo saca y la quema de dos balazos. La ve caer al suelo y camina hacía la puerta.
Por el pasillo escuchamos un ruido, viene de una pieza cercana. La buscamos. Entramos. Hay un chico de no más de dieciocho años que abraza a una nena. Intenta calmarla. Cuando nos ve entrar se para y nos enfrenta.
No le hagan nada, dice con la voz afónica. El Mudo apunta. Apoya el caño en la frente, le pide que baje la vista, que mire al suelo. Pienso que el Mudo enloqueció pero no dispara, se le queda mirando hasta que me dice que vamos.
Corro hasta una de las salas donde estaba el bolso, lo cierro y salgo para el jardín. Esquivamos a los perros tirados en el suelo, salimos por donde entramos. Llevamos lo robado a media. Caminamos rápido hasta llegar al auto. Guardamos las cosas y salimos. A los lejos sentimos una sirena. Veo a una señora observando por la ventana de una de las casas. Me agacho. Dale boludo, digo. Pone primera y salimos a toda velocidad. Dejamos el barrio lujoso y nos vamos para nuestra zona.
Volvemos en silencio. Lo observo al Mudo, espero que me diga algo. Pero se queda callado. A cada rato miro para atrás. Volvemos a sentir la maldita sirena y mis manos no se pueden quedar quietas. Traspiro y me hundo en el asiento.
Al llegar, me bajo y abro el portón. Guardamos el auto y bajamos las cosas.
Desde una de las ventanas de la casa vemos la calle. Una camioneta de la policía pasa a toda velocidad. Camino hacia atrás y me siento en uno de los sillones. El Mudo sigue pegado a la ventana. Lo llamo y le pregunto:

- ¿Por qué no mataste al pendejo?-

2 comentarios:

martín m. dijo...

capo estoy leyendo todo. tenemos que hacer lo que dijimos. ya se me está ocurriendo cómo armarlo. abrazo

jc dijo...

Juguemos en el bosque?