lunes 16 de noviembre de 2009

Bienvenidos a Tartagal


Casa Arguello






Llego a casa, las luces están apagadas. El Culón se llevó la bolsa, yo tengo la plata. Paso directo a la pieza. Entre las camisas y remeras colgadas sobre una silla saco la toalla. Dejo la ropa que me voy a poner sobre la cama. Busco el control remoto y prendo la tele. Veo un papel apoyado sobre un costado del aparato. Es un mensaje de mi vieja:

Habló Marcelo, de Casa Arguello
Mamá

Me quedo parado, sin remera, con el papel en la mano y la luz del televisor que alumbra la pieza. ¿Qué quiere Marcelo?, no creo que hable para salir conmigo, él tiene su grupo de amigos. Además no voy a lo mismo lugares que él frecuenta, aunque hay un solo boliche, por lo general, las previas la hacemos en otros lugares. Nosotros, en el pub de siempre, o cuando no hay plata en el patio de Javi, y él, en la confitería más cheta de la ciudad.
Me ilusiono que sea por la revista, pero no creo, hace como cuatro meses que dejó de salir.

A Marcelo lo comencé a tratar cuando iba a venderle publicidad. Sus viejos tienen una cadena de negocios de electrodomésticos. La casa central está en Tartagal y ocupa casi una manzana entera. En Pocito y Oran tienen sucursales.
A Casa Arguello iba todas las mañanas con la carpeta llena de cartas destinadas a anunciantes donde decían lo conveniente que era que los comercios inviertan en publicidad y especialmente en un producto gráfico dedicados a los jóvenes como el nuestro. Además, hablaba de lo costoso que era mantener un medio independiente. La carta iba con una lista de precios y los números anteriores. Al llegar al local hablaba con un montón de gente y todos me decían que vuelva mañana, hasta que una compañera del colegio que trabaja de vendedora me dijo que lo buscara directamente a Marcelo. Así lo hice, pero empecé a ir de tarde porque Marcelo duerme de mañana. Él estaba copado con la revista, yo quería venderle la contratapa entera para dejar de tener un montón de espacios de publicidad pequeños. Marcelo habló con los viejos, pero al final le bajaron el pulgar a Kátedra Zeta. Si sería full color, seguro que agarraban, me dijo. Además de otros argumentos marketineros como que casa Arguello tiene cierto estatus que no puede perder, y que ellos solo hacen publicidad en televisión o con propios folletos. Pero Marcelo fue siempre piola conmigo y nunca me dejó de dar esperanza. Siempre me decía que vuelva para la próxima edición, que él iba a tratar de convencer a sus viejos, así que de vez en cuando pasaba. A veces me quedaba a tomar mate y hablar de sus empleadas. Había cerca de veinte que estaban re buenas y creo que Marcelo, según él, se había cogido a dieciocho y estaba trabajando para levantarse a las dos que faltaban, entre las cuales estaba la prima de la Petisa.

Con la tele encendida me seco. Busco el celular y vuelvo a leer los mensajes de la Petisa: k haces… tas enojado. Tengo ganas de contestarle, pero no sé que decir, si putearla o tirarle buena onda. Hace lo que quiere conmigo, cuando se pelea con su novio me llama y yo voy, cuando vuelve me deja de ver y me quedo a un costado como un estupido que no sabe a dónde ir, ni qué hacer; y lo peor es que en todo este tiempo de idas y venidas no le toqué ni un pelo, solo un par de besos robados y nada más.

Entre los libros de la Creciente que me trajo Gabriel de Córdoba, el de Bolaño, y las medias sucias y limpias busco mis zapatillas negras. Le pongo un poco de talco y me las calzo. Me miro en el espejo y me peino con la mano. Busco la billetera, las llaves, apago las luces y salgo. Espero sentado en el cordón. A dos casas de distancias está Sergio, un primo lejano, que esta arruinado de tanto alcohol y droga que le metió. Como siempre se acerca a manguearme dos pesos.
- Primo no tenés dos pesitos para la birra-
- ¿Qué haces Sergio? Aguntame, ya viene mi amigo, él tiene mi plata y te tiro algo.
- Gracias primo, pero acordate. No me hagas como la otra vez. Te estuve esperando.
- Es que justo me encontré con una minita y no daba para volver. ¿Qué estas tomando?
- Vino, vení primo que te convido un trago.
- Y para qué querés guita para la birra, si estas tomando vino.
- Bueno… dos pesitos para el vino.
- Todo bien, primo. No tengo cambio. Cuando venga mi amigo, le pido y te tiro algo.
- Pero dame, primo, voy a la vuelta y me cambian. Vení conmigo si querés.
- Lo esperemos a mi amigo.
Me acerco hasta su vereda. Sergio se agacha y me pasa la caja de vino cortada. Está fresca, tiene un hielo grande que flota en el medio. Lo miro y me doy cuenta de que está cada vez más flaco y más arruinado. Todavía me acuerdo cuando nosotros éramos niños y Sergio era el vago más grande del barrio. Tenía un amigo que vivía a la vuelta, el loco Marcelo. Eran los más facheros. Las chicas se morían por ellos y ellos se morían por emborracharse con lo que sea.
El Loco se hizo adicto a la cocaína y sus ojos se volvieron rojos. Nunca más fue el mismo. Andaba por las calles gritando cosas o pidiendo plata en cualquier lugar. Si te veía en un bar se acercaba y tenías que darle lo que sea porque era muy cargoso. La cara se le deterioró y así como está Sergio ahora, así andaba él, hasta que un día no se lo volvió a ver más. Su madre preguntó por todas partes, comisaría, hospitales, clínicas, radios, casas de vecinos pero nadie dijo nada.
Sergio, por su parte, se fue de casa. Lo echo el padrastro: un tipo que tomaba del viernes hasta el lunes. Uno se daba cuenta que la fiesta había empezado en su casa porque la música empezaba a sonar a todo volumen hasta que el lunes a la mañana el sonido se detenía y uno sabía que el padrastro había caído rendido a los efectos del vino tinto con mucho hielo y un poco de soda. El padrastro era un tipo blancón pero el vino le daba un bronceado tropical.
Sergio volvió a casa luego de que el padrastro murió. El corazón le falló una vez y los médicos le recomendaron que deje la bebida y que coma sano. Lo hizo por un tiempo y su tez volvió a su color normal. Pero el padrastro no era feliz, no sé si antes lo había sido pero cada vez que lo cruzaba me contaba que los doctores no lo dejaban vivir. Que le prohibían todo y que eso no era vida. Un fin de semana se escuchó las mismas cumbias que él ponía. A los quince días la escena se repitió y todos le advirtieron a mi tía que su esposo se iba a morir. Ella se fue de casa. Hizo su bolso y partió a lo de una amiga a Mosconi. No quería ver morir al tipo que alguna vez quiso.
El Padrastro murió un lunes, el corazón le volvió a fallar y su cuerpo no resistió. La música siguió sonando hasta que su hermana lo visitó y apagó el equipo de música. Lo velaron ese mismo día. Mi tía apareció en la sala de velatorio. Sergio, una semana después. Nunca más, en el barrio se escucharon esas cumbias que ponía el padrastro, a Sergio le gusta tomar en silencio.

El Culón llega en contramano. En el garage de mi casa mete la punta del auto, hace marcha atrás y estaciona en la vereda de Sergio pero no apaga el motor, me hace señas para que suba. Sergio se para y abre los brazos. Le pido cinco pesos al Culón y se los paso. El Culón pone primera, acelera y las ruedas chillan.
- ¿Vamos directo al pub?- pregunta el Culón.
- Dame un pase antes.
- Toma.
- Anda más despacio. Pasame la tarjeta.
- No seas tan inútil. Dame que yo te sirvo.
- Ahora del otro lado.
- Dale, boludo, que pasan autos.
- Que buena que está. ¿Tenés cerveza?
- Que te pensás, que soy un kiosco. Vamos al pub.
- Pasemos un rato por el Open. Me habló Marcelo y seguro que está ahí.
- ¿Y que mierda quiere ese salame?
- No sé.
El Culón dobla en la Guemes, pasamos por la iglesia, saludamos a un par de conocidos que están en el carrito y nos gritan no sé que cosa y seguimos. Damos la vuelta a la plaza, despacio, como cuando éramos adolescentes y le robábamos el auto a mi viejo.
Veo el audi negro y un grupo de personas con un par de new age en una champañera llena de hielos. Entre ellos está Marcelo tomando en copa y con una pierna arriba de la silla. El Culón estaciona y le digo que bajemos.
Marcelo levanta su brazo y nos llama. Le pide al mozo dos sillas y dos copas. Antes de sentarme saludo a los pibes que están en la mesa, según el Culón, todo el chetaje de Tartagal.
- Te hablé como diez veces, no se para que tenés celular si no atendés nunca culiao. Menos mal que me diste también el fijo- dice Marcelo.
- Cambié el número bolu, hace re poco. ¿Vos como andas manyin?-
- Y…miráme, estresado, vos viste cuando uno es un empresario con compromisos-
Los pibes que comparten la mesa se cagan de risa y lo gastan que nunca se levanta antes de las doce. El Culón también se ríe y sin vergüenza se sirve otra copa.
- Che manyin, no te ilusionés, no te hablé para que hagamos el duo con la Petisa y su prima. Te hablé para algo mejor-
- Un trío, y con la cajera, me muero-
- Lo único que pensás es en sexo manyin-
- Mira quien habla, acá el único degenerado sos vos manyin-
- En serio, te llamé por un tema del negocio-
- Contáme-
- Mis viejos están cansados de hacer folletos, porque al final la mayoría terminan tirados en la calle-
- Te dije un montón veces lo mismo...
- Para…escuchame. Uh mira el auto que pego el Bocha, se ve que le va bien a ese muerto.
- Manyin no te colgués.
- Uh, cierto que a vos no te gustan los autos. Te cuento, mi viejos se fueron a Salta a un encuentro de no se qué y vinieron con la idea de innovar en la publicidad y una de las propuestas es hacer una revista del negocio. Empezar por Tartagal y si anda bien después largarla en Pocitos y Oran.
- Buenisima la idea…
- Para, manyin, que acá entrás vos. Hablé con mi viejo y le mostré de nuevo tu revista. Se leyó todos los números en una noche y quedó copado. Quiere que vos y tú gente se hagan cargo de todo. Por qué no quieren un folleto en forma de revista, sino una con notas, donde se publicite el negocio pero donde también haya cosas interesantes para leer.
- Manyin, decime la hora, el día y voy y hablo con tu viejo.
- Manyin, no hace falta. Empezá a pensar ya, está todo listo. Pero te encargás de todo, la imprenta, las notas, el diseño.
- De una que sí.
- Miralo al puto, sigue dando vueltas con el estereo a todo volumen.
- Dejalo en paz al Bocha, no te basta con hacerle la mina.
- Eh, para Manyin, si ese sos vos.
- Contame que dijo tu viejo.
- Que si todavía vas a sacar Kátedra que le guardes la contratapa. Sabes que me dijo: esta revista tiene que seguir saliendo.
En la cara se me dibuja una sonrisa y pienso que es la mejor noticia que recibí en mucho tiempo, pero me siento bien, nada más. La euforia que alguna vez pensé que iba a surgir de mí no aparece. No tengo ganas de abrazarlo a Marcelo, ni darle un beso o tomarme todo el new age de la botella. Sí tengo ganas de hablarlo al Flaco y contarle, él seguramente se va a poner más contento que yo. Pero en realidad siento tranquilidad y por momentos se me viene a la cabeza la cara de mi viejo, de mi hermano, de mi vieja, de los pibes del secundario que salían del colegio y se tiraban en la plaza a leer lo que yo escribía y entre ellos se comentaban las notas y mandaban mail. Por momentos me imagino la revista del negocio, y a Kátedra Zeta de nuevo en las calles, en los kioscos, en los bares, en las pizzerías. La productora de medios gráficos que alguna vez soñamos con el Flaco puede ser una realidad. Con la contratapa entera todo cambia. La revista se va a parecer mucho más a las que se venden en las revistarías y no voy a tener que andar rebajando los precios de las publicidades para llenar los espacios vacios o haciendo canjes por dvd o cd.
Hace dos semanas vi la muerte desde el puente y más que nada sentí gusto a muerte; por eso recorrí todo Tartagal y me paré en la baranda a pensar en mi vida, en todo lo que hice y dejé de hacer, en todo lo que quise y nunca lo obtuve, en todo lo que soñé y no logré. Pero la vida es así, como dice Gabriel, hay que vivirla porque el mundo que nos tocó se está cayendo a pedazos y no podemos repararlo, entonces solo nos queda seguir. Los éxitos y fracasos no existen, todo es cuestión de suerte y de contactos. ¿Qué logré de mi vida? No importa, a veces de esta manera, también soy feliz.

El Culón me toca la pierna. Marcelo propone llenar las copas y brindar. Nos paramos y chocamos las copas, los amigos de Marcelo me felicitan y hacen comentarios de la revista, de la parte de humor, porque es la única que leen.
Nos quedamos un rato más y hablamos de muchas cosas pero que ya nada tienen que ver con Kátedra Zeta. Los amigos de Marcelo se quejan de los piqueteros porque otra vez cortaron la ruta y esta vez están más sacados que nunca. Uno de los pibes que está en la mesa, que no es de acá, sino que vino a trabajar para una empresa petrolera dice que los piqueteros no lo dejan en paz, dónde lo ven le piden plata o nafta. Según él, habría que matarlos a todos. Yo, solo escucho, sé que lo que opine va a ser al pedo.

A eso de las tres y media de la mañana, el Culón me hace una seña y nos levantamos. Saludo a los amigos de Marcelo y a él le doy un abrazo. El Culón pide un new age. El mozo trae la botella y la deja en la champañera. El Culón paga, la saca, la abre con la boca y se va con la botella en la mano tomando del pico.

lunes 9 de noviembre de 2009

Todos invitados. El Gran Diego Monsalvo ataca de nuevo


martes 27 de octubre de 2009

Bienvenidos a Tartagal



El Pibe suicida






Saco el celular y lo levanto para buscar señal. Me paro y veo que las rayas suben. Llamo al Porteño.
- Hoolaa… pibe suicida. ¡Seguís vivo!
- ¿Qué haces Porteño?
- ¿Todavía en Yacuiba?
- Si, en Luvina.
- Miralo vos. No le basta con la merca de Tartagal. ¿O ahora se quieren hacer dealer?
- No te rías pajero. Estamos con el Culón. Solo vinimos a probar un poco de la buena merluza, pero la línea que teníamos nunca apareció.
- ¿Quién esta en la barra?
- Un gordo morocho, con bigotes, como los que tiene tú vieja.
- Allá, en la casa de la Petisa le gustan los bigotes.
- Eh, no te metas con mi amorcito.
- No te pongas mal de nuevo, que no quiero verte en el puente de pocitos queriéndote tirar. Mira que solo te vas a llenar de mierda.
- Ya te dije que es mentira eso. ¿Tenés línea?
- Decile al Culón que lo encare al Gordo.
- No da Porteño. Además me dijo el Culón que esta todo bien con vos. Fue una calentura del momento.
- Decile al Culón que me la masque. No mentira. En un rato caigo por ahí. Ando con Emilio. No hay drama ¿no?
- Todo bien.
- Bueno Fabito, en un rato llego. No te mates.
- Nunca más.
El Porteño es mala gente, verborrágico, no se calla nunca y ahí nomás te agarra confianza. Tal vez por eso el Culón no lo quiere. Pero yo tengo la maldita costumbre de llevarme bien con todos. ¿Con quién me llevo mal? Con mi hermano, con mi viejo, con el hijo del mueblero y paren de contar. En realidad con el hijo del mueblero ya está todo bien.
- ¿Y?- pregunta el Culón.
- Ya viene, pero dice que no le pegues de nuevo.
El Culón se ríe, y yo también. El Culón es mi amigo desde la secundaria, pero él, como el Pájaro, Hugo, Pato, Gabriel y no sé cuantos más se fueron a estudiar a otro lado y no me quedó otra que juntarme con el muerto del Porteño. Cuando llegaba el sábado y no había nadie más, el único que estaba era él.

Levanto la mano y con una seña le digo que traigan otra Paceña. Le pido que esté bien fría.
El Culón me sigue contando de las fiestas que hacen en Salta. Del bajo, las putas, la pasta base mezclada con tabaco negro que llaman pecosos, el departamento vacío de Mencho. Las ferias americanas donde caen los pibes a vender ropa para poder salir y comprar merca.
Yo estuve en Salta, en la casa de Mencho cuado todavía tenía el televisor y el equipo de música, estuve en el bajo. Me fui con el Ojudo a matar sus penas. Él vio a su novia con otro, a los besos, en Mosconi. Esa misma noche armamos los bolsos y nos mandamos para Salta. Yo tenía plata para el pasaje de ida. El Ojudo pagó el resto.
En Salta probamos pasta base por primera vez y lo vimos llorar al Ojudo mientras se tapaba con las sabanas. Recién ahí nos dimos cuenta de cuanto le dolió.

Un grupo de personas entran y por atrás lo veo al Porteño y a Emilio.
Emilio no saluda. Pasa derecho a la barra. Un boliviano lo hace pasar y Emilio se pierde en una puerta cerca de los licores.
- Que ganas de quemarse- digo.
- No se quema, los gendarmes son socios- dice el Culón.
- Está caliente- dice el Porteño que se acaba de sentar en la mesa.
Emilio está caliente porque un par de días atrás un grupo de bolivianos entró a su casa. La madre, Doña Ubenza que siempre está sentada en la vereda tomando aire y me saluda con un adiós bien largo cada vez que paso fue la que se llevó la peor parte.
En realidad, nadie sabe bien que pasó, ni el Porteño que cuenta la historia.
En el noticiero local dijeron que fue un intento de robo. Lo cierto es que a Doña Ubenza le apuntaron con una pistola y la metieron a la casa. Allí, con cables la ataron a una silla y buscaron por todos lados la forma de entrar a la parte de arriba, donde Emilio se hizo un caserón. Pero los bolivianos intentaron de varias formas y no pudieron. La puerta tenía como cinco trabas y según cuentan es de acero.
- La puerta tiene más de cinco trabas y es de acero- dice el Porteño y continúa con la historia.
A Emilio no le sacaron ni un peso. Pero nadie sabe bien por qué se calentaron los bolivianos.
Ahora, Emilio viene a arreglar las cosas.

Las cervezas siguen pasando y el Culón quiere algo de merca.

Se hace de noche y Yacuiba parece otra. Da miedo, pero no digo nada. El Culón y el Porteño siguen tomando y hablando de forma natural como si nunca se hubieran agarrado a pelear afuera de la casa del Abuelo. Yo desconfió de todos. Del viejo que toma una bebida en jarra y antes de apagar un cigarrillo prende otro. O de los dos tipos que miran a cada rato a la mesa donde estamos y carraspean cada vez más fuerte hasta que lanzan flema al piso y la pisan con sus zapatillas. Tienen las mejillas infladas de tanta coca que están chupando y las bolsas verdes reposan abiertas sobre la mesa. Desconfió hasta del petiso que lleva una gorra roja que le tapa hasta los ojos y se acaba el vaso de cerveza de un solo trago y vuelve a servir, espera, mira a todos lados y hace lo mismo.
A cada rato miró por la ventana y tengo miedo de que afuera nos estén esperando, no se quién o para qué. Es la segunda vez que estoy de noche en Yacuiba, en otro país. Pienso en el puente de Pocitos y no veo la hora de estar del otro lado. Como aquella vez que vine a hacer las remeras para mis compañeros de quinto año. Me encargué de que mi curso elija el color y el diseño que a mí me gustaba. Junté la plata y un conocido de años anteriores me pasó la dirección de una boliviana que estampaba a buen precio. Llegué a las dos de la tarde y me volví a las doce de la noche con una bolsa llena de remeras con el peor diseño que tuvo una promoción en años. No fue la culpa de la amiga boliviana, fue la mía. A veces; las cosas no salen como uno la piensa. Pero en ese momento no me importaba nada, era de noche, había pocas luces, estaba solo y el miedo a un lugar desconocido me paralizaba tanto como ahora, pero intentó disimular mirando las manchas de humedad que tiñen de negro la pared detrás del mostrador.
Aunque me arrepiento de haber aceptado la invitación del Culón, su actitud me tranquiliza. Él sigue tomando como si estuviéramos en Tartagal, en el mismo pub de todos los fines de semana.

Los que escupían al piso se acercan a la mesa con su paceña y sus vasos llenos. Cruzo mis piernas y siento el aire caliente que entra por la puerta que acaba de abrirse. Acercan dos sillas y se sientan junto a nosotros.
- ¿Argentinos?- dice uno de ellos.
- Si amigo, de Tartagal- responde el Culón.
- De Buenos Aires, Capital- salta el Porteño.
- ¿Y vos amigo?-
- También… de Tartagal- digo.
- Tome amigo, para que se refresque un poco- dice el otro.
Agarro el vaso y tomo un trago corto y lo dejo despacio sobre la mesa.
- No amigo, eso esta mal acá- dice el primer tipo.
- A ver si el Porteño sabe- dice el otro.
- Tampoco sabe este, compadre. Parece que estos argentinos son todos unos irrespetuosos-
- Me parece que sí compadre-
- ¿Y qué se hace con los irrespetuosos?-
Uno de ellos agarra el vaso que dejó el Porteño a la mitad, lo levanta, lo ve a trasluz y se ríe. Cuando abre la boca veo dos dientes de oro y el acullico que se mezcla con las muelas y la saliva. Mira a su compadre y le hace un gesto con la cabeza. Toma el envase, se para y llena el vaso. El otro estira los pies, lanza un suspiro y se toca la hebilla del cinto. La observo, es una bien grande, plateada y con un dragón que sobresale. Me acuerdo de los escorpiones, esa barra de Villa Saavedra que cada vez que había quilombo sacaban los cintos y pegaban hebillasos que te quedaban marcados en la piel. Cada vez que los veía salía corriendo.
- Pasame el vaso- dice el Culón.
- ¡Esa es amigo, este sí que sabe compadre!
El Culón deja el vaso sin una gota de cerveza.
- Así se toma acá, nada de tragitos o sorbitos, eso es mala educación ¿o no compadre?-
- Claro que si compadre. Y más cuando te convidan. No hay que dejar ni una gota. Gordo, tráeme otra Paceña, bien fría.
Los bolivianos se quedan con nosotros. Tomamos como ellos toman. Uno sirve y le ofrece al que está al lado y hay que bajarse el vaso de un solo trago. Fondo blanco. No se puede tirar ni dejar nada. Nos convidan coca. Sacan una bolsa de plástico comprimida y la pasan. El Culón le mete de a montón y al toque arma su acullico, yo, en cambio saco hoja por hoja y siento la textura suave y veo el verde intenso, nada que ver con la que a veces hay en Tartagal, toda resquebrajada y gastada. Le saco el palito con los dientes, escupo y recién me meto la hoja. El Porteño me apura por que él también quiere coquear. Pedimos de a dos cerveza y se acaban al toque. Conversamos de Argentina, Bolivia, de sus trabajos. Uno de ellos laburó en Córdoba y hace unos días que regresó, por eso están festejando con su compadre. Es tapicero, nos cuenta. El miedo se me va, me olvido de Emilio, tomo como ellos y me río con ellos.
El chango de gorra también se une. No habla nada, solo se ríe y contagia. Por momentos el Porteño grita porque quiere sobresalir como siempre pero los bolivianos ya le dicen megáfono y a cada palabra del Porteño le hacen el gesto de bajarle el volumen.
La música de fondo aumenta y suenan cumbia, sayas bolivianas y tinkus. El Compadre le pide al gordo de la barra que pase una y otra vez el tema de Luis Rico, El último Tinkus en Paris. Yo también soy de Potosí, nos cuenta y nos dice que se siente identificado con la letra. Parece que él también quiso olvidarse de sus males entrándole a lo etílico y cayendo en lo narcótico como el chango potosino de la canción.
El olor a frituras se siente y vemos como diferentes platos con sopas, picantes de pollo, locotes rellenos, ají de lengua y conejo salen para las otras mesas. Nuestros estómagos se abren y pedimos algo para comer. El gordo nos recomienda el picante de pollo. Esto te recompone y podes seguir chupando toda la noche, nos dice el de gorra que a esta altura de la noche anda abrazado con el Porteño.

La salsa del picante te hace transpirar y te dan más ganas de tomar cerveza. Los bolivianos se ríen de nuestro poco aguante al picante y piden salsa de ají porque para ellos está suavecito.

No sé ni que hora es pero como me gusta golpear el vaso en la mesa después de fondearlo y la gracia que me da verlo bailar al chango de gorra mirando al suelo y con pasos cortos. Sus pies no se levantan del piso, ni se separan, van pegados y se deslizan. Los brazos los mantiene junto al cuerpo y así da vueltas. Con el Culón golpeamos la mesa para hacerle el aguante. Volteamos dos envases, la paceña se derrama y cae sobre el pantalón del Porteño que nos quiere matar pero se queda en el molde porque los compadres hacen lo mismo y tiran dos vasos. Por suerte, ninguno se rompe. El Gordo se acerca a la mesa y nos dice que nos tranquilicemos. Le hacemos caso por un momento pero después se para el Porteño a bailar y los compadres se cagan de risa, el Porteño se siente incomodo, se sienta y toma más cervezas igual que nosotros. A esta altura de la noche el acullico que tenemos es enorme y a cada rato le agregamos más hojas y le metemos un poco de bica para que la coca desprenda su jugo y chupamos.

No sé de donde aparece Emilio con una sonrisa de oreja a oreja. Se para detrás del Porteño y acepta el vaso que la acercan. Lo toma de un solo trago. Saluda a los compadres y a al chango de gorra. Tira un par de bromas, lo gasta al Porteño pero a los cinco minutos con la cabeza hace un gesto para que nos vayamos.
- Aguantá que terminamos la cerveza- Dice el Porteño.
- Dale Emilio, en un rato nos vamos- digo.
- Mira Fabito la hora que es. Después que le digo a tus viejos.
- Vamos, ya es tarde- dice el Culón.
- Amigo, sientese un ratito a compartir- dice uno de los compadres.
- Sentate tío.
- Vamos Fabio, deja de romper la huevos. Allá la seguimos- dice el Culón.

El Culón tiene razón, ya no sirve. Me tomo el último vaso de un solo trago y me levanto. El Culón hace lo mismo y se despide de uno de los compadres; yo del otro. Me abraza fuerte y me invita a que vuelva cuando quiera, no me suelta y me dice un montón de cosas al oído, siento el olor a cerveza mezclada con coca que despide de su boca. Yo también lo abrazo y le digo cosas que seguramente no entiende porque cuando tomo se me traba la lengua y hablo más rápido que de costumbre. Además la música suena a todo volumen. El Porteño que no tiene ganas de irse a ninguna parte se para a la fuerza. También nos despedimos del chango con gorra mientras Emilio espera afuera, en la puerta de su auto. Antes de irnos voy al baño con el Porteño que entra a uno de los inodoros y siento que aspira con fuerza, le abro la puerta y lo veo con una bolsa llena de merluza, bien blanca.
- Puto, tenías merca y nunca convidaste-
- Recién me la pasa Emilio-
- Dame un poco-
- Agarrá la bolsa, después no le hagas nudo ciego.
- Llamalo al Culón.
- Que me la masque ese.
- No sea rata.
- Ahora lo hablo pibe suicida.
El Porteño se limpia la nariz en el lavamanos y sale.
Le doy de un lado, del otro y aspiro bien fuerte una y otra vez para que todo entre. Tengo ganas de saltar y de gritar lo buena que está la merca pero me quedo callado. El Culón aparece al toque y le paso la bolsa.
- No te imaginas lo buena que esta- digo
- Pasame una moneda.
- ¿Y?
- Para que le meta de los dos lados…uh buenísima.
- Te dije Culón, esta re buena. Yo quiero un pase más.
- ¿Nosotros que vamos a hacer? ¿Nos vamos con ellos?
- De una. En media hora estamos en Tartagal. Nos pegamos un baño y salimos.
- Boludo pero vos sabes que lleva Emilio en el auto.
- Uh, tenés razón, pero no se…el debe tener contactos o capaz que no tiene nada y solo vino a arreglar.
- Yo digo que nos vamos en taxi.
- No se Culón. Bueno vamos en taxi. Que nos acerquen hasta la parada.
Salimos del baño y nos despedimos otra vez de los compadres y del chango con gorra. Dejamos Luvina.
Emilio y el Porteño ya están en el auto. La puerta de atrás está abierta. Me acerco y digo:
- Che…nosotros nos vamos caminando.
- No sean boludos. Suban que yo los acerco. Hay lugar de sobra- dice Emilio.
- Dale, que se hace tarde y quiero salir- dice el Porteño.
- Es jodido a esta hora. Mejor suban antes de que venga alguien.
Miro por arriba del auto y veo solo una luz difusa a los lejos. A pesar de tanta cerveza y los pases que le metimos en el baño vuelvo a sentir miedo. Le hago un gesto al Culón y nos subimos al auto. El Porteño tiene una Paceña helada y la pasa. Tomamos y pronto todo queda atrás. Veo por la ventana como Yacuiba pasa a mis costados, las casas viejas y de madera, las calles llenas de adoquines y tierra. Esas carpas gigantes que se extienden a lo largo y anchos de los baldíos y que de tarde están repletas de puestos que te ofrecen de todo. También veo algunos taxis con su choferes hablando entre ellos y esperando tal vez que se acerque un pasajero.
El andar del Civic es liviano, avanza como flotando en el aire y los pozos apenas se sienten. Vuelvo al auto y comienzo a tocar todos los accesorios que tiene. Botones por todos lados, portavasos y ceniceros que salen. Emilio se caga de risa y nos pasa más cerveza. Pido un cigarrillo porque últimamente me dan ganas de fumar cada vez que tomo o después de drogarme. El Porteño saca un Parisien, pero quiero tabaco rubio así que Emilio me convida un Malboro. Fumo, y al toque tomo sino la garganta me raspa.
Antes de llegar a Pocitos paramos en un negocio y Emilio le da plata al Porteño para que compre más cervezas y cigarrillos para mí. Pagá los envases, le dice.
El Porteños trae dos Paceñas y un Malboro veinte que me lo tira en el asiento de atrás.
En vez de ir por el centro de Pocitos y agarrar el puente por donde entramos doblamos y nos metemos en un barrio. Las calles son de tierra y esta llena de pozos y desniveles. Hacemos una cuadra y Emilio dice que tendría que haber traído la camioneta. Hay barro y agua. Parece que hace dos días llovió y todavía quedan secuelas. Emilio maneja despacio. Cada vez tomo menos. Las luces del auto nos muestran las casas precarias, de madera gastada, con agujeros en los bordes que parecen caerse hacia un costado y van quedando atrás, en la sombra. Una gallina se cruza en nuestro camino y el Porteño pide que la atropellen. Los perros ladran, se acercan al auto y nos siguen. Con suerte hay un farol en cada esquina. Algunos están quemados.
Lo miro al Culón y él hace lo mismo. Pienso en cualquier cosa. Me acuerdo que Emilio a pesar de ser mi vecino, antes que nada es un narco, o eso es lo que dicen, hasta ahora nadie lo probó. Ya sé, que de pendejo salía a correr todas las tardes con él y mi hermano. Y también sé que es amigo de mi viejo y se conocen de chicos; pero los narcos son gente mala supuestamente.
- ¿Por dónde vamos?- pregunta el Culón.
- Sí, ¿por dónde vamos Emilio?- digo.
- Es el camino de la villa- responde.
- Lo conozco- dice el Culón.
- ¿Con quién viniste?- pregunta Emilio.
- Vine una vez con mi tío. Es sodero y viene a Yacuiba a comprar tapitas y picos. Che ¿Pero no es muy bajo el auto para pasar?-
- Tendría que haber traído la camioneta. Es que uno nunca sabe que va a pasar. Solo venía a hablar.
Emilio se ríe. El Porteño hace un gesto con las manos. Lo que entiendo es que los bolivianos se cagaron. Pido un poco de cerveza. Doblamos a la derecha y el camino se hace más angosto. Vemos dos senderos y Emilio agarra el de la izquierda. Los ranchos están cada vez más espaciados y ya no hay alumbrado publico. Solo la luna, grande inmensa que parece seguirnos y las luces altas del Civic que ahora solo nos muestra campo y una huella precaria.
Las ruedas del auto patinan de vez en cuando, y el barro salta para todos lados. Emilio trata de ir rápido pero a veces la dirección se le va hacia los costados y volantea para un lado y para el otro.
Que mierda hago acá, me digo por dentro. La cosa era comprar un par de pantalones, zapatillas, tomar una Peceña y volver a casa antes de que anochezca. Llegar a Tartagal, bañarse, dormir un poco y salir de fiesta. Pero lo cruzamos al Porteño, el Culón me hablo de Luvina, de la mejor merca y todo eso. Como me arrepiento de las cosas que hago.
El auto se desliza de costado en algunas partes y después de no se cuantos minutos que parecieron horas eternas veo el río. Un puente precario casi a la misma altura de la corriente donde pasa un solo vehiculo.
Emilio que viene con las luces altas gira hacía el puente y vuelve a repetir la misma frase: tendría haber venido en la camioneta. Mete primera y acelera. Las ruedas patinan y el auto se desliza. Lo único que falta es que nos quedemos en medio del río y toda la gente que vive en esas casas precarias se venga hasta dónde estamos y nos robe todo lo que tenemos y nos mate. Total a los cuerpos se los puede llevar el agua. El Culón me mete una piña en la rodilla porque no puedo dejar de moverla y lo está poniendo nervioso a él.
Sé que si salimos de esta el Culón me va a decir porque no le hice caso y nos fuimos en taxi, solo los dos como habíamos llegado. Yo le voy a decir que porque mierda no nos fuimos antes de ir a ese bar de mierda. Pero todo esto se lo voy a decir si pasamos. Emilio agarra con fuerza el volante y acelera. El motor suena y las ruedas lanzan barro. Se sienten varios golpes como si las piedras se incrustaran debajo del Civic. El auto se levanta para todos lados y se me cae la cerveza en el asiento, la intentó alzar pero los golpes siguen y el Culón se pega la cabeza con el techo. La birra moja el tapizado y mi pantalón, pero antes de que se vaciara la logró sujetar mientras una piedra parece partir al Civic y todos lanzamos un grito corto pero fuerte. Emilio sigue acelerando, el motor vuelve a rugir y por fin pasamos. El Porteño que vivió todo como si estuviera en un raly festeja, me pide la botella y se toma lo que quedaba. Subimos una pequeña loma y las luces nos muestran que todavía falta lo peor. Una sola masa de barro y agua es el camino. No hay huellas que seguir, menos tierra firme. El auto se desliza para un lado y para el otro. Emilio acelera y el volante se le va. Lo vuelve a agarrar pero no hay forma. Del lado del acompañante le pegamos a los arbustos que están al costado del sendero y el motor se apaga. Nos quedamos en silencio, los renacuajos se sienten, una lechuza chista y la única luz es la de la luna.
- Bueno muchachos, para esto los traje. Bajen a empujar que entre todos lo sacamos en un rato- dice Emilio.
Abro la puerta y apenas apoyó mi pie en el suelo siento que me hundo hasta la pantorrilla. Miro para atrás, no veo nada pero siento ruidos, arbustos que se mueven, animales que merodean, tucu- tucus que vuelan y prenden y apagan sus luces.
Emilio enciende el motor y nos dice que lo va a sacar marcha atrás. Empujamos hacía abajo para que la rueda traspase todo el barro y toque tierra firme así pueda traccionar y salir. La rueda gira y el lodo sale hacia todos lados. Cierro los ojos y empujo cada vez más fuerte pero el auto está estancado a pesar de que el motor suena y aturde de tanto que lo acelera. El Culón me manda para el medio y se pone del lado de la rueda. Usa todo su cuerpo y su potencia. Las venas del brazo y del cuello se le quieren salir. Grita y me dice que también empuje. Lo putea al Porteño que está parado limpiándose los ojos y no ayuda. Al Culón se le inflan los músculos, y tira para arriba y empuja hacía abajo. Nos unimos y doy toda lo que podría dar. También lo puteo al Porteño que recién ahora se acopla a nosotros. Emilio desde adentro grita: dale que ya sale, dale que ya sale. El Culón también grita y nos alienta. Siento como mis pies se hunden y el olor a podrido que sale del lodo perfora mis narices. El Culón repite lo mismo que Emilio y al final, el Civic sale.
Me siento exhausto y llevo mi cabeza hacia abajo. Apoyo mis manos en mis rodillas y respiro con la boca abierta como buscando más aire. Las luces del auto nos esperan más adelante.

Salimos bordeando los arbustos. Avanzamos y el camino se vuelve más firme. Voy con la ventana abierta tratando de tomar aire y descansar. Me duelen las manos y siento que mis piernas tiemblan. El cuerpo me pesa tanto que me quedo inmóvil mirando por la ventana. El alcohol, la droga, todo se me fue.
Emilio mira por el retrovisor una y otra vez. Una luz intensa se perciben a los lejos. Me acuerdo de los que me dijo ese Gendarme que conocí en el pub; yo trabajo haciendo patrullajes en medio del monte. Emilio acelera pero la luz se acerca. Otra vez siento el mismo hueco en el estomago como aquella vez que era un adolescente y un amigo trajo un pedazo de marihuana. Apenas la picamos y armamos unos porros bien precarios. Fumamos en Bienvenidos y no pegó nada; entonces, de vuelta, antes de entrar al pub nos fuimos a una de las calles paralelas y armamos otro. Yo tenía la bocha. Hicimos dos o tres secas cada uno y una camioneta de la policía dobló a toda velocidad. Estaba llena de uniformados: cinco adentro y como cinco más atrás. Se bajaron y tire la bocha al patio de una casa. Uno de los policías trepó la reja y buscó en el patio. Encontró la bocha y volvió. Nos pusieron contra la pared y lo primero que pensé fue en mi familia, en mi vieja. Cómo le explicaba que solo quería probar; y ahora como le explico que nada tenía que ver con lo que llevaba o no Emilio.
La luz se convierte en una camioneta. Hace cambio de luces y Emilio tiene la mirada fija como intentando revelar de quién se trata. Subo mi ventana y la camioneta se nos pone a la par. Toca bocina y nos pasa por un costado con la tracción cuatro por cuatro encendida.
- Es un gendarme, pero está todo bien- dice Emilio.
La camioneta se pierde de a poco en el camino.

Llegamos a Tartagal por la Toma. Agarramos el mismo camino que más de una vez lo transitamos en bici. No hay barro, pero sí muchas piedras y pequeñas lomas. El Civic choca a cada rato con el suelo.
Vemos las luces de Villa Guemes y creo que por primera vez desde que salimos de Luvina me siento tranquilo. Veo la iglesia con la pintura descascarada que se cae a pedazos y esas calles mitad asfalto mitad tierra que envuelven a la plaza.
Me recuesto en el asiento y siento que el celular vibra. Una y otra vez. Me fijo y veo que me entran cinco mensajes. Tres son de mi vieja, repetidos y dos de la Petisa. ¿Qué haces?, dice el primero, tas enojado, el segundo. Claro que estoy enojado Petisa de mierda, acaso no sabes que rompí mi celular por vos.
Levanto la cabeza y veo el regimiento, la cancha de fútbol, el asfalto, la nueve de julio, el centro. Un grupo de chicas caminan borrachas rumbo a Ashanti. Pienso en salir, en contestarle a la Petisa y preguntarle qué va a hacer a la noche, pero estoy demasiado cansado. Me parece que no vale la pena.
En la esquina, Emilio para. Antes de saludarnos mete su mano en el bolsillo y saca un manojo de dinero. Me agarra la muñeca y me pone la plata en la palma de la mano. Por el viaje, dice. No veo cuánto es, lo meto en mi bolsillo. Bajamos y el Porteño me llama. Me pasa la bolsita. La guardo en la billetera. Saludan y se van.
En la esquina saco el manojo y con el Culón vemos los billetes de cien, cincuenta y veinte pesos. Contamos y tenemos más de seiscientos pesos. Nos miramos y pensamos lo mismo. Abajo el cansancio, esta noche salimos a reventarnos la guita

sábado 17 de octubre de 2009

Mi poeta favorito


Admiro todo lo que no puedo ser






"Lo que no está permitido es que dejen de luchar. Si luchan por el objetivo de todos, merecen estar".


"La relación éxito y fracaso ha sido fundamental en mi vida, pero el éxito y la felicidad no funcionan como sinónimos. El éxito es sólo una excepción que ocurre de vez en cuando."


"El eje del aprendizaje es la copia. Es mucho más lindo ser creador que imitador, pero los vulgares copiamos."


"El fútbol se hace menos dramático cuando lo ejecutan los que saben"


“Si algo ha obstaculizado la comunicación con la gente, ha sido el negocio periodístico”


"Primero, ninguna identificación con usted me hace bien. Entonces, cada vez que algo nos encuentra yo me distancio. Usted es mi enemigo, que me enaltece. ¿Me entiende? Cuanto más lejos estoy de lo que usted representa, mejor soy".


"Parece que como perdimos no tenemos más derecho a nada. Yo tuve la suerte de que me renovaran el contrato, lo agradezco, lo celebro y lo valoro. Es el mayor éxito de mi carrera deportiva. Es un reconocimiento en el fracaso."


"Me quedé sin energía".


lunes 12 de octubre de 2009

Todos invitados


Todos invitados