
Casa Arguello
Llego a casa, las luces están apagadas. El Culón se llevó la bolsa, yo tengo la plata. Paso directo a la pieza. Entre las camisas y remeras colgadas sobre una silla saco la toalla. Dejo la ropa que me voy a poner sobre la cama. Busco el control remoto y prendo la tele. Veo un papel apoyado sobre un costado del aparato. Es un mensaje de mi vieja:
Habló Marcelo, de Casa Arguello
Mamá
Me quedo parado, sin remera, con el papel en la mano y la luz del televisor que alumbra la pieza. ¿Qué quiere Marcelo?, no creo que hable para salir conmigo, él tiene su grupo de amigos. Además no voy a lo mismo lugares que él frecuenta, aunque hay un solo boliche, por lo general, las previas la hacemos en otros lugares. Nosotros, en el pub de siempre, o cuando no hay plata en el patio de Javi, y él, en la confitería más cheta de la ciudad.
Me ilusiono que sea por la revista, pero no creo, hace como cuatro meses que dejó de salir.
A Marcelo lo comencé a tratar cuando iba a venderle publicidad. Sus viejos tienen una cadena de negocios de electrodomésticos. La casa central está en Tartagal y ocupa casi una manzana entera. En Pocito y Oran tienen sucursales.
A Casa Arguello iba todas las mañanas con la carpeta llena de cartas destinadas a anunciantes donde decían lo conveniente que era que los comercios inviertan en publicidad y especialmente en un producto gráfico dedicados a los jóvenes como el nuestro. Además, hablaba de lo costoso que era mantener un medio independiente. La carta iba con una lista de precios y los números anteriores. Al llegar al local hablaba con un montón de gente y todos me decían que vuelva mañana, hasta que una compañera del colegio que trabaja de vendedora me dijo que lo buscara directamente a Marcelo. Así lo hice, pero empecé a ir de tarde porque Marcelo duerme de mañana. Él estaba copado con la revista, yo quería venderle la contratapa entera para dejar de tener un montón de espacios de publicidad pequeños. Marcelo habló con los viejos, pero al final le bajaron el pulgar a Kátedra Zeta. Si sería full color, seguro que agarraban, me dijo. Además de otros argumentos marketineros como que casa Arguello tiene cierto estatus que no puede perder, y que ellos solo hacen publicidad en televisión o con propios folletos. Pero Marcelo fue siempre piola conmigo y nunca me dejó de dar esperanza. Siempre me decía que vuelva para la próxima edición, que él iba a tratar de convencer a sus viejos, así que de vez en cuando pasaba. A veces me quedaba a tomar mate y hablar de sus empleadas. Había cerca de veinte que estaban re buenas y creo que Marcelo, según él, se había cogido a dieciocho y estaba trabajando para levantarse a las dos que faltaban, entre las cuales estaba la prima de la Petisa.
Con la tele encendida me seco. Busco el celular y vuelvo a leer los mensajes de la Petisa: k haces… tas enojado. Tengo ganas de contestarle, pero no sé que decir, si putearla o tirarle buena onda. Hace lo que quiere conmigo, cuando se pelea con su novio me llama y yo voy, cuando vuelve me deja de ver y me quedo a un costado como un estupido que no sabe a dónde ir, ni qué hacer; y lo peor es que en todo este tiempo de idas y venidas no le toqué ni un pelo, solo un par de besos robados y nada más.
Entre los libros de la Creciente que me trajo Gabriel de Córdoba, el de Bolaño, y las medias sucias y limpias busco mis zapatillas negras. Le pongo un poco de talco y me las calzo. Me miro en el espejo y me peino con la mano. Busco la billetera, las llaves, apago las luces y salgo. Espero sentado en el cordón. A dos casas de distancias está Sergio, un primo lejano, que esta arruinado de tanto alcohol y droga que le metió. Como siempre se acerca a manguearme dos pesos.
- Primo no tenés dos pesitos para la birra-
- ¿Qué haces Sergio? Aguntame, ya viene mi amigo, él tiene mi plata y te tiro algo.
- Gracias primo, pero acordate. No me hagas como la otra vez. Te estuve esperando.
- Es que justo me encontré con una minita y no daba para volver. ¿Qué estas tomando?
- Vino, vení primo que te convido un trago.
- Y para qué querés guita para la birra, si estas tomando vino.
- Bueno… dos pesitos para el vino.
- Todo bien, primo. No tengo cambio. Cuando venga mi amigo, le pido y te tiro algo.
- Pero dame, primo, voy a la vuelta y me cambian. Vení conmigo si querés.
- Lo esperemos a mi amigo.
Me acerco hasta su vereda. Sergio se agacha y me pasa la caja de vino cortada. Está fresca, tiene un hielo grande que flota en el medio. Lo miro y me doy cuenta de que está cada vez más flaco y más arruinado. Todavía me acuerdo cuando nosotros éramos niños y Sergio era el vago más grande del barrio. Tenía un amigo que vivía a la vuelta, el loco Marcelo. Eran los más facheros. Las chicas se morían por ellos y ellos se morían por emborracharse con lo que sea.
El Loco se hizo adicto a la cocaína y sus ojos se volvieron rojos. Nunca más fue el mismo. Andaba por las calles gritando cosas o pidiendo plata en cualquier lugar. Si te veía en un bar se acercaba y tenías que darle lo que sea porque era muy cargoso. La cara se le deterioró y así como está Sergio ahora, así andaba él, hasta que un día no se lo volvió a ver más. Su madre preguntó por todas partes, comisaría, hospitales, clínicas, radios, casas de vecinos pero nadie dijo nada.
Sergio, por su parte, se fue de casa. Lo echo el padrastro: un tipo que tomaba del viernes hasta el lunes. Uno se daba cuenta que la fiesta había empezado en su casa porque la música empezaba a sonar a todo volumen hasta que el lunes a la mañana el sonido se detenía y uno sabía que el padrastro había caído rendido a los efectos del vino tinto con mucho hielo y un poco de soda. El padrastro era un tipo blancón pero el vino le daba un bronceado tropical.
Sergio volvió a casa luego de que el padrastro murió. El corazón le falló una vez y los médicos le recomendaron que deje la bebida y que coma sano. Lo hizo por un tiempo y su tez volvió a su color normal. Pero el padrastro no era feliz, no sé si antes lo había sido pero cada vez que lo cruzaba me contaba que los doctores no lo dejaban vivir. Que le prohibían todo y que eso no era vida. Un fin de semana se escuchó las mismas cumbias que él ponía. A los quince días la escena se repitió y todos le advirtieron a mi tía que su esposo se iba a morir. Ella se fue de casa. Hizo su bolso y partió a lo de una amiga a Mosconi. No quería ver morir al tipo que alguna vez quiso.
El Padrastro murió un lunes, el corazón le volvió a fallar y su cuerpo no resistió. La música siguió sonando hasta que su hermana lo visitó y apagó el equipo de música. Lo velaron ese mismo día. Mi tía apareció en la sala de velatorio. Sergio, una semana después. Nunca más, en el barrio se escucharon esas cumbias que ponía el padrastro, a Sergio le gusta tomar en silencio.
El Culón llega en contramano. En el garage de mi casa mete la punta del auto, hace marcha atrás y estaciona en la vereda de Sergio pero no apaga el motor, me hace señas para que suba. Sergio se para y abre los brazos. Le pido cinco pesos al Culón y se los paso. El Culón pone primera, acelera y las ruedas chillan.
- ¿Vamos directo al pub?- pregunta el Culón.
- Dame un pase antes.
- Toma.
- Anda más despacio. Pasame la tarjeta.
- No seas tan inútil. Dame que yo te sirvo.
- Ahora del otro lado.
- Dale, boludo, que pasan autos.
- Que buena que está. ¿Tenés cerveza?
- Que te pensás, que soy un kiosco. Vamos al pub.
- Pasemos un rato por el Open. Me habló Marcelo y seguro que está ahí.
- ¿Y que mierda quiere ese salame?
- No sé.
El Culón dobla en la Guemes, pasamos por la iglesia, saludamos a un par de conocidos que están en el carrito y nos gritan no sé que cosa y seguimos. Damos la vuelta a la plaza, despacio, como cuando éramos adolescentes y le robábamos el auto a mi viejo.
Veo el audi negro y un grupo de personas con un par de new age en una champañera llena de hielos. Entre ellos está Marcelo tomando en copa y con una pierna arriba de la silla. El Culón estaciona y le digo que bajemos.
Marcelo levanta su brazo y nos llama. Le pide al mozo dos sillas y dos copas. Antes de sentarme saludo a los pibes que están en la mesa, según el Culón, todo el chetaje de Tartagal.
- Te hablé como diez veces, no se para que tenés celular si no atendés nunca culiao. Menos mal que me diste también el fijo- dice Marcelo.
- Cambié el número bolu, hace re poco. ¿Vos como andas manyin?-
- Y…miráme, estresado, vos viste cuando uno es un empresario con compromisos-
Los pibes que comparten la mesa se cagan de risa y lo gastan que nunca se levanta antes de las doce. El Culón también se ríe y sin vergüenza se sirve otra copa.
- Che manyin, no te ilusionés, no te hablé para que hagamos el duo con la Petisa y su prima. Te hablé para algo mejor-
- Un trío, y con la cajera, me muero-
- Lo único que pensás es en sexo manyin-
- Mira quien habla, acá el único degenerado sos vos manyin-
- En serio, te llamé por un tema del negocio-
- Contáme-
- Mis viejos están cansados de hacer folletos, porque al final la mayoría terminan tirados en la calle-
- Te dije un montón veces lo mismo...
- Para…escuchame. Uh mira el auto que pego el Bocha, se ve que le va bien a ese muerto.
- Manyin no te colgués.
- Uh, cierto que a vos no te gustan los autos. Te cuento, mi viejos se fueron a Salta a un encuentro de no se qué y vinieron con la idea de innovar en la publicidad y una de las propuestas es hacer una revista del negocio. Empezar por Tartagal y si anda bien después largarla en Pocitos y Oran.
- Buenisima la idea…
- Para, manyin, que acá entrás vos. Hablé con mi viejo y le mostré de nuevo tu revista. Se leyó todos los números en una noche y quedó copado. Quiere que vos y tú gente se hagan cargo de todo. Por qué no quieren un folleto en forma de revista, sino una con notas, donde se publicite el negocio pero donde también haya cosas interesantes para leer.
- Manyin, decime la hora, el día y voy y hablo con tu viejo.
- Manyin, no hace falta. Empezá a pensar ya, está todo listo. Pero te encargás de todo, la imprenta, las notas, el diseño.
- De una que sí.
- Miralo al puto, sigue dando vueltas con el estereo a todo volumen.
- Dejalo en paz al Bocha, no te basta con hacerle la mina.
- Eh, para Manyin, si ese sos vos.
- Contame que dijo tu viejo.
- Que si todavía vas a sacar Kátedra que le guardes la contratapa. Sabes que me dijo: esta revista tiene que seguir saliendo.
En la cara se me dibuja una sonrisa y pienso que es la mejor noticia que recibí en mucho tiempo, pero me siento bien, nada más. La euforia que alguna vez pensé que iba a surgir de mí no aparece. No tengo ganas de abrazarlo a Marcelo, ni darle un beso o tomarme todo el new age de la botella. Sí tengo ganas de hablarlo al Flaco y contarle, él seguramente se va a poner más contento que yo. Pero en realidad siento tranquilidad y por momentos se me viene a la cabeza la cara de mi viejo, de mi hermano, de mi vieja, de los pibes del secundario que salían del colegio y se tiraban en la plaza a leer lo que yo escribía y entre ellos se comentaban las notas y mandaban mail. Por momentos me imagino la revista del negocio, y a Kátedra Zeta de nuevo en las calles, en los kioscos, en los bares, en las pizzerías. La productora de medios gráficos que alguna vez soñamos con el Flaco puede ser una realidad. Con la contratapa entera todo cambia. La revista se va a parecer mucho más a las que se venden en las revistarías y no voy a tener que andar rebajando los precios de las publicidades para llenar los espacios vacios o haciendo canjes por dvd o cd.
Hace dos semanas vi la muerte desde el puente y más que nada sentí gusto a muerte; por eso recorrí todo Tartagal y me paré en la baranda a pensar en mi vida, en todo lo que hice y dejé de hacer, en todo lo que quise y nunca lo obtuve, en todo lo que soñé y no logré. Pero la vida es así, como dice Gabriel, hay que vivirla porque el mundo que nos tocó se está cayendo a pedazos y no podemos repararlo, entonces solo nos queda seguir. Los éxitos y fracasos no existen, todo es cuestión de suerte y de contactos. ¿Qué logré de mi vida? No importa, a veces de esta manera, también soy feliz.
El Culón me toca la pierna. Marcelo propone llenar las copas y brindar. Nos paramos y chocamos las copas, los amigos de Marcelo me felicitan y hacen comentarios de la revista, de la parte de humor, porque es la única que leen.
Nos quedamos un rato más y hablamos de muchas cosas pero que ya nada tienen que ver con Kátedra Zeta. Los amigos de Marcelo se quejan de los piqueteros porque otra vez cortaron la ruta y esta vez están más sacados que nunca. Uno de los pibes que está en la mesa, que no es de acá, sino que vino a trabajar para una empresa petrolera dice que los piqueteros no lo dejan en paz, dónde lo ven le piden plata o nafta. Según él, habría que matarlos a todos. Yo, solo escucho, sé que lo que opine va a ser al pedo.
A eso de las tres y media de la mañana, el Culón me hace una seña y nos levantamos. Saludo a los amigos de Marcelo y a él le doy un abrazo. El Culón pide un new age. El mozo trae la botella y la deja en la champañera. El Culón paga, la saca, la abre con la boca y se va con la botella en la mano tomando del pico.
Habló Marcelo, de Casa Arguello
Mamá
Me quedo parado, sin remera, con el papel en la mano y la luz del televisor que alumbra la pieza. ¿Qué quiere Marcelo?, no creo que hable para salir conmigo, él tiene su grupo de amigos. Además no voy a lo mismo lugares que él frecuenta, aunque hay un solo boliche, por lo general, las previas la hacemos en otros lugares. Nosotros, en el pub de siempre, o cuando no hay plata en el patio de Javi, y él, en la confitería más cheta de la ciudad.
Me ilusiono que sea por la revista, pero no creo, hace como cuatro meses que dejó de salir.
A Marcelo lo comencé a tratar cuando iba a venderle publicidad. Sus viejos tienen una cadena de negocios de electrodomésticos. La casa central está en Tartagal y ocupa casi una manzana entera. En Pocito y Oran tienen sucursales.
A Casa Arguello iba todas las mañanas con la carpeta llena de cartas destinadas a anunciantes donde decían lo conveniente que era que los comercios inviertan en publicidad y especialmente en un producto gráfico dedicados a los jóvenes como el nuestro. Además, hablaba de lo costoso que era mantener un medio independiente. La carta iba con una lista de precios y los números anteriores. Al llegar al local hablaba con un montón de gente y todos me decían que vuelva mañana, hasta que una compañera del colegio que trabaja de vendedora me dijo que lo buscara directamente a Marcelo. Así lo hice, pero empecé a ir de tarde porque Marcelo duerme de mañana. Él estaba copado con la revista, yo quería venderle la contratapa entera para dejar de tener un montón de espacios de publicidad pequeños. Marcelo habló con los viejos, pero al final le bajaron el pulgar a Kátedra Zeta. Si sería full color, seguro que agarraban, me dijo. Además de otros argumentos marketineros como que casa Arguello tiene cierto estatus que no puede perder, y que ellos solo hacen publicidad en televisión o con propios folletos. Pero Marcelo fue siempre piola conmigo y nunca me dejó de dar esperanza. Siempre me decía que vuelva para la próxima edición, que él iba a tratar de convencer a sus viejos, así que de vez en cuando pasaba. A veces me quedaba a tomar mate y hablar de sus empleadas. Había cerca de veinte que estaban re buenas y creo que Marcelo, según él, se había cogido a dieciocho y estaba trabajando para levantarse a las dos que faltaban, entre las cuales estaba la prima de la Petisa.
Con la tele encendida me seco. Busco el celular y vuelvo a leer los mensajes de la Petisa: k haces… tas enojado. Tengo ganas de contestarle, pero no sé que decir, si putearla o tirarle buena onda. Hace lo que quiere conmigo, cuando se pelea con su novio me llama y yo voy, cuando vuelve me deja de ver y me quedo a un costado como un estupido que no sabe a dónde ir, ni qué hacer; y lo peor es que en todo este tiempo de idas y venidas no le toqué ni un pelo, solo un par de besos robados y nada más.
Entre los libros de la Creciente que me trajo Gabriel de Córdoba, el de Bolaño, y las medias sucias y limpias busco mis zapatillas negras. Le pongo un poco de talco y me las calzo. Me miro en el espejo y me peino con la mano. Busco la billetera, las llaves, apago las luces y salgo. Espero sentado en el cordón. A dos casas de distancias está Sergio, un primo lejano, que esta arruinado de tanto alcohol y droga que le metió. Como siempre se acerca a manguearme dos pesos.
- Primo no tenés dos pesitos para la birra-
- ¿Qué haces Sergio? Aguntame, ya viene mi amigo, él tiene mi plata y te tiro algo.
- Gracias primo, pero acordate. No me hagas como la otra vez. Te estuve esperando.
- Es que justo me encontré con una minita y no daba para volver. ¿Qué estas tomando?
- Vino, vení primo que te convido un trago.
- Y para qué querés guita para la birra, si estas tomando vino.
- Bueno… dos pesitos para el vino.
- Todo bien, primo. No tengo cambio. Cuando venga mi amigo, le pido y te tiro algo.
- Pero dame, primo, voy a la vuelta y me cambian. Vení conmigo si querés.
- Lo esperemos a mi amigo.
Me acerco hasta su vereda. Sergio se agacha y me pasa la caja de vino cortada. Está fresca, tiene un hielo grande que flota en el medio. Lo miro y me doy cuenta de que está cada vez más flaco y más arruinado. Todavía me acuerdo cuando nosotros éramos niños y Sergio era el vago más grande del barrio. Tenía un amigo que vivía a la vuelta, el loco Marcelo. Eran los más facheros. Las chicas se morían por ellos y ellos se morían por emborracharse con lo que sea.
El Loco se hizo adicto a la cocaína y sus ojos se volvieron rojos. Nunca más fue el mismo. Andaba por las calles gritando cosas o pidiendo plata en cualquier lugar. Si te veía en un bar se acercaba y tenías que darle lo que sea porque era muy cargoso. La cara se le deterioró y así como está Sergio ahora, así andaba él, hasta que un día no se lo volvió a ver más. Su madre preguntó por todas partes, comisaría, hospitales, clínicas, radios, casas de vecinos pero nadie dijo nada.
Sergio, por su parte, se fue de casa. Lo echo el padrastro: un tipo que tomaba del viernes hasta el lunes. Uno se daba cuenta que la fiesta había empezado en su casa porque la música empezaba a sonar a todo volumen hasta que el lunes a la mañana el sonido se detenía y uno sabía que el padrastro había caído rendido a los efectos del vino tinto con mucho hielo y un poco de soda. El padrastro era un tipo blancón pero el vino le daba un bronceado tropical.
Sergio volvió a casa luego de que el padrastro murió. El corazón le falló una vez y los médicos le recomendaron que deje la bebida y que coma sano. Lo hizo por un tiempo y su tez volvió a su color normal. Pero el padrastro no era feliz, no sé si antes lo había sido pero cada vez que lo cruzaba me contaba que los doctores no lo dejaban vivir. Que le prohibían todo y que eso no era vida. Un fin de semana se escuchó las mismas cumbias que él ponía. A los quince días la escena se repitió y todos le advirtieron a mi tía que su esposo se iba a morir. Ella se fue de casa. Hizo su bolso y partió a lo de una amiga a Mosconi. No quería ver morir al tipo que alguna vez quiso.
El Padrastro murió un lunes, el corazón le volvió a fallar y su cuerpo no resistió. La música siguió sonando hasta que su hermana lo visitó y apagó el equipo de música. Lo velaron ese mismo día. Mi tía apareció en la sala de velatorio. Sergio, una semana después. Nunca más, en el barrio se escucharon esas cumbias que ponía el padrastro, a Sergio le gusta tomar en silencio.
El Culón llega en contramano. En el garage de mi casa mete la punta del auto, hace marcha atrás y estaciona en la vereda de Sergio pero no apaga el motor, me hace señas para que suba. Sergio se para y abre los brazos. Le pido cinco pesos al Culón y se los paso. El Culón pone primera, acelera y las ruedas chillan.
- ¿Vamos directo al pub?- pregunta el Culón.
- Dame un pase antes.
- Toma.
- Anda más despacio. Pasame la tarjeta.
- No seas tan inútil. Dame que yo te sirvo.
- Ahora del otro lado.
- Dale, boludo, que pasan autos.
- Que buena que está. ¿Tenés cerveza?
- Que te pensás, que soy un kiosco. Vamos al pub.
- Pasemos un rato por el Open. Me habló Marcelo y seguro que está ahí.
- ¿Y que mierda quiere ese salame?
- No sé.
El Culón dobla en la Guemes, pasamos por la iglesia, saludamos a un par de conocidos que están en el carrito y nos gritan no sé que cosa y seguimos. Damos la vuelta a la plaza, despacio, como cuando éramos adolescentes y le robábamos el auto a mi viejo.
Veo el audi negro y un grupo de personas con un par de new age en una champañera llena de hielos. Entre ellos está Marcelo tomando en copa y con una pierna arriba de la silla. El Culón estaciona y le digo que bajemos.
Marcelo levanta su brazo y nos llama. Le pide al mozo dos sillas y dos copas. Antes de sentarme saludo a los pibes que están en la mesa, según el Culón, todo el chetaje de Tartagal.
- Te hablé como diez veces, no se para que tenés celular si no atendés nunca culiao. Menos mal que me diste también el fijo- dice Marcelo.
- Cambié el número bolu, hace re poco. ¿Vos como andas manyin?-
- Y…miráme, estresado, vos viste cuando uno es un empresario con compromisos-
Los pibes que comparten la mesa se cagan de risa y lo gastan que nunca se levanta antes de las doce. El Culón también se ríe y sin vergüenza se sirve otra copa.
- Che manyin, no te ilusionés, no te hablé para que hagamos el duo con la Petisa y su prima. Te hablé para algo mejor-
- Un trío, y con la cajera, me muero-
- Lo único que pensás es en sexo manyin-
- Mira quien habla, acá el único degenerado sos vos manyin-
- En serio, te llamé por un tema del negocio-
- Contáme-
- Mis viejos están cansados de hacer folletos, porque al final la mayoría terminan tirados en la calle-
- Te dije un montón veces lo mismo...
- Para…escuchame. Uh mira el auto que pego el Bocha, se ve que le va bien a ese muerto.
- Manyin no te colgués.
- Uh, cierto que a vos no te gustan los autos. Te cuento, mi viejos se fueron a Salta a un encuentro de no se qué y vinieron con la idea de innovar en la publicidad y una de las propuestas es hacer una revista del negocio. Empezar por Tartagal y si anda bien después largarla en Pocitos y Oran.
- Buenisima la idea…
- Para, manyin, que acá entrás vos. Hablé con mi viejo y le mostré de nuevo tu revista. Se leyó todos los números en una noche y quedó copado. Quiere que vos y tú gente se hagan cargo de todo. Por qué no quieren un folleto en forma de revista, sino una con notas, donde se publicite el negocio pero donde también haya cosas interesantes para leer.
- Manyin, decime la hora, el día y voy y hablo con tu viejo.
- Manyin, no hace falta. Empezá a pensar ya, está todo listo. Pero te encargás de todo, la imprenta, las notas, el diseño.
- De una que sí.
- Miralo al puto, sigue dando vueltas con el estereo a todo volumen.
- Dejalo en paz al Bocha, no te basta con hacerle la mina.
- Eh, para Manyin, si ese sos vos.
- Contame que dijo tu viejo.
- Que si todavía vas a sacar Kátedra que le guardes la contratapa. Sabes que me dijo: esta revista tiene que seguir saliendo.
En la cara se me dibuja una sonrisa y pienso que es la mejor noticia que recibí en mucho tiempo, pero me siento bien, nada más. La euforia que alguna vez pensé que iba a surgir de mí no aparece. No tengo ganas de abrazarlo a Marcelo, ni darle un beso o tomarme todo el new age de la botella. Sí tengo ganas de hablarlo al Flaco y contarle, él seguramente se va a poner más contento que yo. Pero en realidad siento tranquilidad y por momentos se me viene a la cabeza la cara de mi viejo, de mi hermano, de mi vieja, de los pibes del secundario que salían del colegio y se tiraban en la plaza a leer lo que yo escribía y entre ellos se comentaban las notas y mandaban mail. Por momentos me imagino la revista del negocio, y a Kátedra Zeta de nuevo en las calles, en los kioscos, en los bares, en las pizzerías. La productora de medios gráficos que alguna vez soñamos con el Flaco puede ser una realidad. Con la contratapa entera todo cambia. La revista se va a parecer mucho más a las que se venden en las revistarías y no voy a tener que andar rebajando los precios de las publicidades para llenar los espacios vacios o haciendo canjes por dvd o cd.
Hace dos semanas vi la muerte desde el puente y más que nada sentí gusto a muerte; por eso recorrí todo Tartagal y me paré en la baranda a pensar en mi vida, en todo lo que hice y dejé de hacer, en todo lo que quise y nunca lo obtuve, en todo lo que soñé y no logré. Pero la vida es así, como dice Gabriel, hay que vivirla porque el mundo que nos tocó se está cayendo a pedazos y no podemos repararlo, entonces solo nos queda seguir. Los éxitos y fracasos no existen, todo es cuestión de suerte y de contactos. ¿Qué logré de mi vida? No importa, a veces de esta manera, también soy feliz.
El Culón me toca la pierna. Marcelo propone llenar las copas y brindar. Nos paramos y chocamos las copas, los amigos de Marcelo me felicitan y hacen comentarios de la revista, de la parte de humor, porque es la única que leen.
Nos quedamos un rato más y hablamos de muchas cosas pero que ya nada tienen que ver con Kátedra Zeta. Los amigos de Marcelo se quejan de los piqueteros porque otra vez cortaron la ruta y esta vez están más sacados que nunca. Uno de los pibes que está en la mesa, que no es de acá, sino que vino a trabajar para una empresa petrolera dice que los piqueteros no lo dejan en paz, dónde lo ven le piden plata o nafta. Según él, habría que matarlos a todos. Yo, solo escucho, sé que lo que opine va a ser al pedo.
A eso de las tres y media de la mañana, el Culón me hace una seña y nos levantamos. Saludo a los amigos de Marcelo y a él le doy un abrazo. El Culón pide un new age. El mozo trae la botella y la deja en la champañera. El Culón paga, la saca, la abre con la boca y se va con la botella en la mano tomando del pico.






