jueves, 10 de julio de 2008

La vida cruel, parte dos


Salgo en el auto, son las once de la noche. Paso por Los Infernales de Guemes. En ese Resto- Bar un amigo, Martín, va a leer por primera vez sus poesías.
Pienso en todo lo que tengo que hacer: Ir a un velorio, escuchar las poesías de Martín y llevarla a mi novia a comer.

En la entrada de Los Infernales esta Martín, sentado en el único sillón que hay, abajo del cartel donde se escribe la sugerencia del chef. Otra vez, es guiso de lenteja.
Le pregunto a Martín si ya va a leer, y me dice que falta. Cerca de las doce. Tengo tiempo de ir al velorio a saludar a Lalo antes que Mamá que me hable y me quiera manipular de nuevo.

Sigo por Belgrano hasta 27 de Abril. Doblo y me voy fijando la numeración. Mi novia, a la que no le gustan los velorios y tampoco las lecturas de poesías, me señala el lugar. Me quedo en el auto, me dice.
El funeral

Bajo y me fijo en los diferentes nombres que figuran a la entrada de cada sala. Saco el celular y me fijo el nombre de la esposa de Lalo. Entro y veo a un par de personas sentadas en sillones sin respaldo. Apenas cierro la puerta un hombre canoso y corpulento se para y me pregunta a quién busco.

A Lalo, digo. Soy yo me responde. Que viejo que está Lalo, pienso. Hace un par de años que no lo veo, en realidad solo lo vi una vez y mi imagen de él era totalmente diferente a este hombre canoso y de lentes.

Le cuento que vengo de parte de mi madre. Lalo se para y me acompaña hasta la habitación de a lado donde esta el cuerpo de su esposa. Me dice que ahora está más tranquilo, y que sabe que su mujer murió en paz. Le pregunto por mi tío y me cuenta un par de historias. Me dice que los Ochoa (Familia de mi Mamá) son buena gente, y que siempre tuvo el deseo de ir a Tartagal, de donde somos.

Hablamos un par de cosas más y su celular suena. Atiende con cierta dificultad y sale afuera a hablar, quedo solo en la habitación. Me acerco al ataúd y veo la piel de la esposa, llena de arrugas y el maquillaje que la cubre. En sus manos le pusieron una foto de ella y una nena, tal vez una nieta. Observo las coronas de flores que le enviaron y hago un par de pasos para atrás. Sin pensarlo comienzo a caminar por el lugar. Voy hasta la cocina y veo las tazas lavadas y una jarra de café vacía. Veo que hay otra habitación, igual que la primera pero vacía. Vuelvo a la sala del ataúd. Un joven de campera de cuero, alto y bien arreglado se acerca al cuerpo y le acomoda las vestimentas. Me doy cuenta que es el hijo, modelo de profesión y que no le interesa para nada la política.

Los recuerdos

Mientras espero que Lalo termine de hablar por teléfono para saludarlo e irme, pienso en la historia de la muerta. La muerta se llamaba Norma, y antes de casarse con Lalo se había casado con otro tipo. Un militante comprometido, que fue secuestrado por un grupo de tareas.

Los milicos, como era costumbre rompieron la puerta y entraron con toda la furia. Lo sacaron arrastrando y a golpes al militante, mientras Norma, asustada veía como se llevaban parte de su vida. Después lo torturaron y lo fusilaron. Al cuerpo lo arrojaron cerca de uno de los puentes que cruza el Suquia. Le pusieron un arma en la mano y dijeron que había sido un enfrentamiento. Los medios lo reproducieron de esa manera y la mayoría de la sociedad cordobesa, por una parte fue cómplice con su silencio y por otra por su ganas de delatar a lo que consideraban subversivo.

Norma nunca se olvidó de su militante, de su primer esposo. Después conoció a Lalo, un tipo bueno, amable y se caso con él. No pudieron tener hijos, adoptaron dos. Un modelo y una adolescente, a los cuales, le gusta mucho la tele y la imagen. Nunca pudo discutir con ellos de política o de historia.

El tiempo pasó y norma nunca se olvido de su militante. Con el juicio a Menéndez y sus secuaces las heridas que nunca se cerraron se abrieron y comenzaron a arder. Seguramente a Norma se le vinieron todos los recuerdos de esos años, el miedo, el dolor de perder a tu ser más querido, el terror a la muerte, la impotencia de no poder hacer nada. Los relatos de las torturas que se escuchaban por lo bajo. Los gritos de su primer esposo cuando lo sacaban de la casa.

Con la cara de Menéndez en todos los noticieros ella no pudo más y se le apago el cerebro. A los dos días se le paró el corazón. Los médicos dijeron que fue un derrame cerebral.

A más de treinta años, la muerte sigue generando más muerte.

2 comentarios:

eme-eme dijo...

eyy, querido profesor!! estoy siguiendo la historia. vamos todavía!! un gustazo. un abrazo.-

El Profesor dijo...

Gracias Martín, seguí tu consejo y deje pasar unos días entre una parte y la otra.
Un abrazo